En esta semana comenzamos el estudio del libro de Vaikrá, el libro de los cohanim, también conocido como «Levítico».

 

Dicen nuestros sabios en Vaikrá Rabá, que los niños deben comenzar sus estudios de Torá con este libro.

 

Y entre las razones que se esgrimen para justificar aquello, se nos dice que, a diferencia de Bereshit por ejemplo, aquí no hay relatos fuertes, como el de un hombre que asesina a su hermano por envidia. Tampoco encontramos algún relato similar al del hombre que, antes de convertirse en un gran líder, se mancha las manos con sangre humana (relato que sí encontramos en Shemot). Y tampoco hay un relato semejante al grotesco ritual consignado en Bamidbar, al que eran sometidas las mujeres cuando se sospechaba de infidelidad, a saber, la preparación e ingesta de las «aguas amargas».

 

Vaikrá, supuestamente, al ser comparado con los otros libros de la sagrada Torá, sería un relato más bien liviano y  a prueba de niños.


Según nuestros sabios, las complejas reglas del servicio sacrificial, serían en efecto, mucho más comprensibles que el actuar malvado de Kayin.

 

Y aquí podríamos hacer una interesante reflexión.

 

¿Cuál es la diferencia entre contar historias y crear las historias?

 

Nuestros sabios nos previenen, a rasgos generales, que debemos evitar que los niños vean afectada su inocencia por la exposición a historias o relatos «fuertes».

 

Un estudio realizado en 2006 por la Universidad de Columbia, en conjunto con el Hospital Infantil de Nueva York, se dedicó a analizar los efectos negativos que producían las películas del género “terror” en los niños. Ansiedad, patologías del sueño, agresividad y conductas de riesgo, entre otras, fueron las consecuencias observadas.

 

Actualmente, es un hecho que los profesionales de la salud mental que trabajan con niños, niñas y adolescentes, recomiendan un uso adecuado del control parental, para evitar la exposición innecesaria de personas de ciertos rangos de edad (menores) a imágenes, relatos e historias que los atemoricen o asusten.

 

En el mundo occidental en general existe actualmente el control de edad para el cine y la televisión. Diversos contenidos audiovisuales están marcados como no recomendados para menores de cierta edad según criterios preparados por expertos.

 

Todas estas medidas pretenden proteger la infancia.

Y todas, por cierto, son medidas muy posteriores a las que nuestros sabios recomendaron antaño. 

 

Podríamos decir con toda propiedad que la tradición judía siempre ha sido consciente de la necesidad de protección y cuidado que tienen los niños, niñas y adolescentes, sea esto, una protección física o una protección psíquica. Nuestra tradición es rica en recomendaciones al respecto.

 

Nuestros sabios tenían tan presente a la infancia, que incluso adoptaron decisiones vinculantes para permitir que los niños tengan garantizado su derecho a participar en el Séder. 


En casa debemos evitar a toda costa los atrasos en el inicio del Séder, cuidando de realizar los pasos antes de que llegue la hora en que habitualmente el sueño vence a los más pequeños y a cuya realidad, somos los adultos los que halájicamente tenemos el deber de adaptarnos.

 

Y esto vale la pena recordarlo, considerando que estamos a días de celebrar Pésaj.

 

Ahora bien, volviendo al punto de prevenir traumas infantiles mediante las historias, relatos o contenidos…

 

Es dable preguntarse: ¿Qué pasa cuando la experiencia negativa o traumática, no viene de una historia contada, sino de una historia vivida, de una historia real?

 

La historia de la humanidad no siempre ha sido cuidadosa, protectora y defensora de la niñez. En siglos pasados y no muy lejanos de nuestra época, la infancia era un periodo especialmente difícil: la escolaridad era baja, los niños trabajaban, eran sometidos a todo tipo de injusticias, vejaciones y humillaciones, las cuales eran perpetradas en contra de ellos por líderes tiranos, autoridades despiadadas, profesores malvados e incluso padres sin corazón.

Es recién en 1959 cuando, respondiendo a un llamado que hiciera la Declaración de Ginebra de 1924, se proclamó la Declaración de los Derechos del Niño. Sin embargo, su incorporación a los países, sobre todo a aquellos del tercer mundo y países en vías de desarrollo, fue lenta y dificultosa. En Chile por ejemplo, fue ratificada recién en agosto de 1990. 

Esto explica los avances del primer mundo, esto explica por qué el desastre de abuso físico, psicológico y sexual en los centros infantiles públicos y privados de Europa o EE.UU, muy comunes en otras épocas, son historias que han ido quedando paulatinamente en el pasado. Desde entonces, en sus legislación nacional, esos países han adoptado nuevas y modernas medidas de protección y cuidado, previniendo los delitos en contra de los derechos de los niños, niñas y adolescentes.

Tristemente, en otros puntos del globo, todavía sentimos los efectos negativos de proyectos violentos con la infancia, como el Servicio Nacional de Menores (SENAME) en Chile. Una institución pública que supuestamente será eliminada en los próximos meses o años y que ha violado sistemáticamente los DD.HH de niños, niñas y adolescentes en situación vulnerable. 

Y esta es sólo una arista en el caso Chileno de desprotección a la infancia. 

En cualquier caso, nadie podría negar que estamos muy atrasados en la materia.

Como adherentes a valores y principios que están por sobre cualquier ideología, gobierno, cultura temporal o «etos«, debemos reconocer que nuestra obligación como judíos no sólo es evitar contar historias fuertes a los niños. Tenemos que evitar, ante todo, ser los autores de esa historia de maldad, abandono y desprotección, no ser nosotros los verdugos, sea por maldad o por error.

En esta parashá, se nos habla de los diversos sacrificios. Encontramos que había sacrificios por “jet” y por “asham”, es decir, por error y por transgresión a sabiendas.

La transgresión a sabiendas (asham) contra la infancia, es la crianza despiadada, los golpes, los insultos, la intención deliberada de proferir todo tipo de daños, de cualquier naturaleza. 

Los errores (jet) contra la infancia en cambio, son una crianza y educación poco amistosa, cuando se cree estar haciendo lo mejor para los intereses de un menor, pero en realidad sólo se busca copiar en forma estricta modelos adquiridos, malos modelos.

Por otra parte, fuera del ámbito de la crianza, hay transgresión a sabiendas, deliberada, descarada, por parte de la sociedad en su conjunto, cuando nosotros sus integrantes, conociendo del drama social en el que están inmersos miles de niños, niñas y adolescentes, decidimos desviar la mirada.

Y pecamos por error, cuando creemos que actualmente la situación de la infancia es buena y no hay nada más por hacer, nada que mejorar.

Nosotros tenemos que evitar cualquiera de estas transgresiones

Tenemos que ser responsables con los menores que están a nuestro cuidado, sean nuestros hijos, nietos o sobrinos, hermanos menores inclusive. 

Y en cuanto a los otros niños, niñas y adolescentes de nuestra sociedad, debemos ante todo ser activistas por sus derechos.

Recordemos siempre que los niños, niñas y adolescentes no van al Congreso. No son candidatos ni presentan proyectos de ley. Dependen del apoyo y compromiso de adultos conscientes y responsables. Y nosotros tenemos el deber de convertirnos en esos adultos conscientes, responsables y comprometidos.

La declaración de los Derechos del niño dice: “El niño es reconocido universalmente como un ser humano que debe ser capaz de desarrollarse física, mental, social, moral y espiritualmente con libertad y dignidad”.

¿Cómo está el compromiso de nuestra sociedad con lograr dichos objetivos? ¿Quién en su sano juicio podría oponerse a estos propósitos? ¿Quién podría decirse creyente, ignorando este deber?

Nuestra tradición está llena de consejos sobre este tema. De hecho, es la misma Torá la que nos ordena en Shemot 22:22 que no debemos afligir o explotar al – niño – huérfano. Y agrega el profeta Isaías en el Cap. 1:17 que debemos abogar, luchar, por el huérfano, por su causa y por sus necesidades.

Además, escribiendo sobre este tema, Maimónides no escatima en detalles (Hiljot Deot).

¡La naturaleza del asunto no admite discusión! ¡Es un deber sagrado y tenemos que tomarlo seriamente!

¿Cuántos niños, niñas y adolescentes huérfanos hay en el mundo hoy? Huérfanos, cuyos padres han muerto en la guerra, en medio de pandemias horribles como el Ebolavirus o el Covid-19, padres muertos a causa en hechos violentos provocados por la delincuencia, etc. 

En resumen: Niños que nacen e intentan desarrollarse, intentan vivir con dignidad en medio de la miseria.

Mientras esto ocurre, quienes adherimos al mensaje de la Torá y creemos haber entendido el mensaje del Sinaí, no podemos quedarnos sentados y distantes. 

Esta ruptura, esta grieta existe justamente para que nosotros la reparemos. 

Porque sí, es una grieta. Los derechos de los niños, niñas y adolescentes, su incorporación en los países y materialización, han sido retrasados por discusiones propias de una «grieta social». 

Estos derechos se enmarcan en un régimen de protección jurídica, entiéndase, conjunto de normas conocidas como el Derecho Internacional de los Derechos Humanos. Y en nuestros países hay quienes adhieren absolutamente a estas normas y también hay quienes las rechazan y caricaturizan.

Sin lugar a dudas, es una compleja grieta, frente a la cual, nosotros debemos seguir a la sagrada Torá.

Actualmente, los derechos de la infancia más vulnerados son el derecho a la educación de calidad y el derecho a la alimentación. Ambos siguen siendo un problema en el Siglo XXI por culpa de la grieta. 

Ambos atrasos son repulsivos a los ojos de la Torá y de los sabios y profetas de Israel.

La Torá y nuestra tradición son claros en lo referente a la obligación de educar y alimentar a todos, especialmente a los niños y a los pobres.

No podemos tener dobles lecturas al respecto. Eso sería un desprecio a todo lo que representa el judaísmo.

La grieta retrasa los avances, esa grieta entre los que entienden la dignidad humana como fundamento de toda política, ideología o corriente del pensamiento y los que, por el contrario, anteponen criterios económicos egoístas, cálculos fríos y excusas para evadir el deber.

Frente a eso, nosotros debemos elegir y seguir la Torá, porque todo es Torá.

Es la Torá, la que fija el sentido del tikún Olam y le da sentido a nuestro deber para con los niños de la grieta, esos niños que gritan y nos llaman.

Nos llaman a ser buenos padres, buenos maestros y en general, buenos adultos.

A ser comprensivos y respetuosos con ellos.

A darles un espacio para sus intereses y necesidades en la comunidad.

En la comunidad judía y en la sociedad en general.

En el Talmud leemos: “Dijo Resh Lakish en el nombre de Yehudá (HaNasí): El mundo perdura sólo por el aliento de los escolares…” (Shabat 119b).

La vida de nuestras comunidades depende del futuro de los niños, niñas y adolescentes. La vida de la comunidad judía en Israel y la diáspora depende del mejor desarrollo físico, mental, intelectual y espiritual de la infancia. 

Y eso no es todo, porque en el mismo tratado ya citado, el tratado de Shabat, el Talmud se refiere a este tema señalando: “la infancia es una guirnalda de rosas”.

Y así, en tantas otras secciones, espacios, rincones de nuestra tradición, encontramos perlas milenarias de sabiduría e inspiración, que no pretenden ser solamente una declaración poética y agradable a la vista. 

Porque el deber del judío y de la comunidad judía para con la infancia, es un deber de hacer.

Que en este Shabat, podamos reflexionar sobre nuestra relación con este tema. ¿Qué tipo de padres hemos sido? ¿Qué tipo de padres queremos ser? ¿Cómo asumimos nuestro rol de abuelos? ¿Qué pasa con esos niños que no están directamente a nuestro cuidado, pero que de todas formas sufren y pasan necesidades? ¿Cómo darles su necesario espacio en la sociedad a los niños, niñas y adolescentes? ¿Cómo nos comprometemos en la lucha en contra del trabajo infantil, el trabajo sexual infantil y el abuso sexual infantil? ¿Qué estamos haciendo por la infancia vulnerable? ¿Qué hacen nuestros países y qué hacemos nosotros como ciudadanos, por aquellos niños, niñas y adolescentes que están intentando desarrollarse con dignidad en ambientes hostiles, ambientes de hambre y miseria?

Porque no… No se trata solamente de que evitemos contar historias fuertes delante de los niños.

Hay niños cuyas vidas son mucho más duras que cualquier relato fuerte de cualquier texto, película, obra de teatro, del género más escabroso que nos pudiésemos imaginar.

Y frente a eso, como Judíos, como adherentes al mensaje de la Torá, como seguidores del mensaje del Sinaí y como socios del D-s de la Torá en el aquí y ahora, no podemos desentendernos ni desviar la mirada.

Quiera D-s permitirnos que nunca cerremos los ojos al dolor de los que no pueden defenderse por sí mismos.

El Midrash dice que, con la elección de las especies animales aptas para el servicio sacrificial, D-s nos quiere recordar que Él siempre está del lado de las víctimas y no de los victimarios.

Quiera D-s permitirnos ser adultos responsables, bondadosos, ciudadanos conscientes, activistas y constructores de una buena historia para la infancia.

Jamás verdugos, nunca los malvados del cuento, nunca los indolentes, jamás los responsables por error ni por dolo, del sufrimiento, trauma y desdicha de los pequeños hijos de Israel ni de la de sus hermanos de las demás naciones.

Comprometernos en el activismo por la materialización y concretización de los lineamientos y objetivos macro, propuestos por la Declaración de los Derechos del Niño en nuestros países, es sin lugar a dudas, una oportunidad de honrar a D-s, de honrar a la sagrada Torá y a los sabios y Profetas de Israel.


Shabat Shalom,

Shabat Shalom Umevoraj.

 

 

 

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