Por: Leonardo David.-



En el segundo pasuk del capítulo 19 del libro de Bamidbar, leemos: “…Habla a los hijos de Israel y que tomen una vaca roja, perfecta, que no haya en ella defecto…”

Este pasuk, hace que conozcamos la parashá Jukat como la “Parashá de la Pará Adumá”, la porción de la vaca roja.

Los sabios y exégetas nos dicen que este decreto Divino, es de aquellos que debemos cumplir aunque no tengamos una razón clara para justificarla. ¿Por qué roja? ¿Qué es esto?

La respuesta del midrash es que estamos en presencia de un “Jok” una ordenanza Divina cuyo significado no es fácil de encontrar por el uso de la razón. Sin embargo, debemos cumplirla.

Y es que, según nuestra tradición, la lógica Divina es más elevada que la lógica humana.

Y así, no es menos cierto que la lógica de la ética y los valores es mucho más elevada que la lógica del hombre en «estado natural».

Y en general, esto opera así: no todo lo que no entendamos, no tiene una razón de ser.

En palabras del científico Albert Einstein: «Todos somos muy ignorantes. Lo que ocurre es que no todos ignoramos las mismas cosas». 

Es importante tener claridad sobre esto.

¿Has sentido alguna vez que algo en tu vida pareciera no tener explicación?

Es habitual. Sin embargo, siempre hay una razón, pero no siempre la vamos a encontrar, ni tenemos que desgastarnos en encontrarlas.

Tenemos energías limitadas, no somos superhéroes. Y hay una diferencia entre malgastar las energías y emplearlas bien.

Piensa en las responsabilidades familiares. ¿Quién dijo que un padre debe cuidar a sus hijos?

Podemos buscar y armar muchas posibles explicaciones, mientras tanto, otros mamíferos dan a luz, crían brevemente y se desentienden de sus crías.

El camino de la ética nos impone, definitivamente, ciertas cosas.

Algunos se rebelan contra la paternidad, contra la idea de pasar por la jupá, contra esto y aquello, les suena a orden preestablecido y quieren huir de ahí.

¿Y entonces por qué otros lo hacen y por qué nosotros mismos deberíamos hacerlo?

Lo hacemos porque debemos hacerlo.

Como el pueblo en este relato, sin entender cabalmente el asunto de la vaca roja perfecta, tenía que buscarla… porque  había que hacerlo.

Sí, hay momentos en que simplemente tenemos que hacer y el judaísmo está íntimamente vinculado a la idea de hacer. Por eso, por ejemplo, los judíos “hacemos Shabat”.
 
Sin lugar a dudas, todos tenemos una vaca roja en nuestra vida, o más de una.

Ahora bien, en referencia al punto de la perfección de la pará adumá, la búsqueda constante de las más altas virtudes, de la perfección en sí, tampoco tiene una razón. 

Cierta vez, una persona me preguntó cuál era el sentido de aspirar a la santidad, si de todas formas vamos a morir y en un siglo nadie se acordará de nosotros. Luego, agregó otra pregunta: ¿Por qué ser buenos en esta vida, si el judaísmo no cree en un sistema póstumo de premios y castigos, tipo cielo e infierno Cristiano / Islámico?

En ese momento no supe qué contestar. Pero luego, recordé que parte esencial de nuestra cultura y tradición es amar el bien por amor al bien mismo y hacer el bien, por amor al bien mismo. Hacer el bien porque sí.

Y aunque busquemos miles de posibles razones por las cuales es conveniente que un judío responda al llamado de D-s a ser santo como Él, a transitar por una senda recta y ser buena persona, lo cierto es que no necesariamente hay una única razón.

Y si alguien llega a pensar que no hay una razón 100% convincente para responder afirmativamente a ese llamado, no está del todo equivocado.

No hay una razón 100% convincente a su alcance. 
Pero tal vez existe, aunque la ignore.

Y sería conveniente que en vez de seguir interrogando a la vida, decida vivir, elija la acción.

En cualquier caso, los judíos hacemos lo que hay que hacer.

¡Cuán distinto sería el mundo si cada persona entendiera que hacer el bien es su vaca roja y que debe buscar el bien y la perfección, aunque parezca innecesario, difícil y carente de razón!

Hace años, una persona se encontró un bolso lleno de dinero en una parada de buses.

Llevó consigo el bolso a casa, lo puso sobre el sofá y comenzó a buscar en su interior, tal vez encontraba un número de teléfono, una dirección, alguna forma de devolverlo.

Encontró una cédula de identidad. Entró a internet, buscó el nombre y encontró a la persona: una señora mayor, que vivía en una ciudad a 25 minutos de donde él se encontraba.

Acordaron una hora y ese mismo día, él fue donde la olvidadiza señora y le devolvió su bolso.

Esta persona hizo lo que tenía que hacer.

No recibió un premio a cambio.

Podría haber elegido esforzarse menos y hacer que la señora mayor viniera a su casa a retirar el bolso.

¿Quién devolvería un bolso lleno de dinero? ¿Para qué?
¿Cuál era la posibilidad de que el peso de la ley cayera sobre él, acusándolo de un delito?

De hecho, sus hijos se enojaron al saber que había devuelto el dinero. Y el hijo mayor se quedó haciendo cálculos de cuánto le habría servido ese dinero para comprar un nuevo teléfono inteligente. 

Sin embargo, son esas personas, las que entienden que hay cosas que se deben pensar menos y que simplemente se deben hacer y de la mejor forma, las que sostienen el mundo.

En Pirke Avot, capítulo 1, Mishná 2, leemos: «Sobre tres cosas el mundo se sostiene: Sobre la Torá, el servicio [Divino] y los actos de benevolencia».

Pensemos menos en ser buenos, pensemos menos en si ser o no buenos y simplemente seamos buenas personas.

Como dice el Salmista en el Tehilim 34: “Apártate del mal y haz el bien, busca la paz y síguela.”

Sí, es difícil y sobre por qué hay que hacerlo, puede que no encontremos siempre, en el día a día, en el caso a caso, en la situación concreta, una razón clara y contundente para hacer el bien, para perseguir la paz en un mundo lleno de odio, ni para  asumir el desafío de perfeccionarnos.

Pero, simplemente, tenemos que hacerlo.

No importa si hay retribuciones y reconocimientos, o no los hay. 
No importa si lo entendemos bien o no.
No importa si nos entienden o no.

Hacemos lo que hay que hacer, hacemos el bien, por el bien mismo.

Y si bien, el pasuk 9 del capítulo que estamos comentando, al hablar de “un hombre puro”, se refería a un cohen, hoy en cambio, espiritualmente hablando, cada judío pertenece en cierta forma a la kehuná. No la física reservada para los hijos de Aharón, sino esa por la cual somos llamados “un reino de sacerdotes y pueblo santo.” (Shemot 19). Aquel pueblo del que el profeta Ieshaiahu dijo: «¡Abran las puertas y entrará el pueblo justo que guarda la lealtad!» (Cap. 26).

Todos podemos alcanzar un estado espiritual más elevado cuando identificamos nuestras vacas rojas en la vida y asumimos el reto de hacer lo que se deba hacer.

Que así como en esta Parashá fluyó agua de una roca, podamos también hacer nosotros un espacio en aquello que suele recubrirnos, la dureza de querer entenderlo todo y simplemente dejar fluir hacia el exterior nuestra agua interior, esa que ama el bien y nos impulsa a salir de nosotros mismos, a acercarnos a los demás, a compartir más y a simplemente amar.

Shabat Shalom,
Shabat Shalom uMevoraj.


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