Por: Leonardo David.-

En la parashá de esta semana encontramos una conexión interesante entre el respeto a la vida animal y el control o dominio de nuestro ietzer hará (inclinación al mal).

En el capítulo 22 del Libro de Devarim, la Torá señala que todo aquel que encuentra un animal que es de su prójimo, debe devolvérselo y si este dueño no es su vecino, o se desconoce quién es, deberíamos cuidarlo hasta que el dueño aparezca y reclame su animal o mascota. Adicionalmente señala en el pasuk 4: “Si en el camino encuentras caído un burro o un buey que pertenezca a tu hermano, no te hagas el desentendido: ayúdalo a levantarlo.

¿Cómo sabemos que estos psukim refieren al respeto que toda persona debe hacia la vida de los animales y mascotas? 

Nuestros sabios bien podrían haber interpretado estos psukim como un asunto de mera solidaridad en lo que a la protección del patrimonio de otra persona respecta y esto habría sido concordante con el estándar de la época, porque los animales que se mencionan en estos psukim son los que habitualmente se utilizaban para el trabajo (como un burro / asno) o que eran utilizados para comer, comerciar directamente (su carne) o comerciar su piel (ovejas), etc. Lo cual configuraba el sustento de un judío común y corriente en aquella época y cuya pérdida o extravío implicaría, en lo práctico, una disminución en su patrimonio y medios de subsistencia.

Por eso y más, esta idea no podría descartarse de plano, de hecho, el pasuk 3 extiende estos asuntos al manto del prójimo: “y cualquier otra cosa que se le haya perdido”.

Frente a esto, es imposible no acordarse del asunto sumamente contingente de la “categorización” de los animales en los ordenamientos jurídicos de occidente.

Como algunos lectores sabrán, actualmente, en Chile se discute dar (o reconocer) una nueva “categoría” para los animales en el ordenamiento jurídico, esta vez a rango Constitucional.

Esto se debe a que, a tenor del Código Civil Chileno, particularmente en sus artículos 565, 566 y 567, los animales son considerados cosas, particularmente dentro de la categoría conocida como “bienes muebles semovientes”, es decir, aquellas cosas que se pueden transportar de un lugar a otro por sí mismas (moverse) y como tales, son susceptibles de apreciación pecuniaria (se pueden valorar en dinero) y además, serían de esos bienes que, en general, se encuentran “dentro del comercio humano”, es decir, vendrían siendo cosas que podemos vender.

Hasta aquí vemos que la concepción que se tenía en el tiempo de la Torá, tal vez no difiere mucho con la actualidad de Chile y occidente, al menos en lo referente a la categoría que los animales tienen en el ordenamiento jurídico. Sin embargo, no es menos cierto que entre líneas podemos advertir que nuestros sabios tienen nociones un poco más avanzadas o que dejan la puerta abierta a reflexiones más profundas. 

Mientras tanto en nuestras sociedades, desde hace algunos años se ha comenzado a discutir a nivel social la necesidad de evitar la “cosificación” de los animales en las leyes.

Y en ese contexto, me sumo a la pregunta: ¿Son “cosas” los animales?

Intentemos responder desde nuestras fuentes.

En primer lugar, nuestros exégetas, como señalé someramente hace unos instantes, parecen no conformarse con esta visión (cosificación) y reconocen, primeramente, un deber de cuidado hacia los animales, no en calidad de cosas, sino en calidad de “seres sintientes”. 

Rashi conecta el pasuk 4 del capítulo que estamos estudiando, con Éxodo 23:5, donde leemos nuestro deber de ayudar al asno de nuestro enemigo que se encuentra bajo su carga. Al respecto, Rashi se cuestiona por qué tendríamos que ayudar a un animal de carga que está bajo su carga, ¿cuál es el problema con eso?

Pues bien, Rashi entiende que ese pasuk hace referencia a la “sobrecarga” que lleva sobre sí el animal y esto, según los sabios del Talmud, hace que nazca para nosotros la obligación de “no causar sufrimiento al animal”. Cumpliríamos con nuestra obligación al quitar esa sobrecarga.

Hasta aquí, coordinando los psukim anteriormente citados, dentro de la interpretación de Rashi, podemos ver que, habiendo sido señalado que tenemos deberes hacia los animales y mascotas de los demás, sean de nuestro “hermano”, o bien, incluso de nuestro “enemigo”, podemos inferir que se trata de una obligación de carácter universal y abierta. Es decir, exigible para todos y en cualquier situación. No sólo con nuestros animales y mascotas, también con la de otros, sean esos “otros” personas que nos simpatizan o bien, personas que simplemente nos desagradan. 

Aquí el dueño pasa absolutamente a segundo plano, porque la Torá apunta en último caso al animal en sí, a tal extremo que no importa nuestra eventual rencilla con tal o cual: hay un animal o mascota sufriendo y existe algo que podemos y debemos hacer al respecto. 

Así, al pedirnos que dejemos de lado nuestros “asuntos personales” con el dueño de un animal que está sufriendo, se nos está recordando, como consecuencia de la obligación principal, que debemos controlar nuestro ietzer hará en el trato hacia nuestros enemigos.

Y claro, tal vez, nuestra inclinación “normal” hacia nuestros enemigos sea desear su mal, o al menos, no desearles precisamente el bien, ni para ellos, ni para lo suyo. 

Pero la Torá espera que nos elevemos por sobre dichas tendencias.

Volviendo un poco atrás, sobre lo que refiere a la cosificación de los animales o mascotas en los ordenamientos jurídicos de Occidente, como judíos vemos indudablemente que la Torá hace una distinción. Es decir, que por una parte reconoce al animal (o algunos animales) como parte del patrimonio de una persona, pero por otra, no desconoce que se trata de un ser sintiente que tiene necesidades.

Por eso, aún cuando nos ordena “custodiar” cualquier cosa que se le haya extraviado a nuestro prójimo, agrega un deber de cuidado durante el intervalo de tiempo que transcurre hasta que el dueño aparece y reclama lo que se le extravió. 

Y naturalmente, no es lo mismo cuidar de un asno, que cuidar una manta. La manta no necesita alimentarse, en cambio el asno y la oveja sí. Por lo cual, esta diferencia lógica debe entenderse incorporada en el pasuk y así lo entienden nuestros sabios, cuando discuten el asunto en el Tratado de Bava Metzia 29b, donde distinguen entre los animales que pueden “trabajar” y necesitan comer, como sería el caso de un buey, el cual “costearía” en cierta forma su propio alimento y, por otra parte, aquellos animales que no trabajan y de todas formas necesitan alimentarse, como sería el caso de una oveja, la cual no “costea / cubre” dicho gasto “por sí misma”.

Es más, me atrevo a señalar que, conscientes del desajuste en el presupuesto familiar que podría implicar este deber de cuidado, los sabios discuten qué se debería hacer en el caso de los animales de una u otra categoría, sin desconocer en ningún momento que deben ser alimentados. Así las cosas, analizarán si este “cuidador provisorio” puede venderlo, o bien, por cuanto tiempo subsiste su obligación (doce meses) hacia el animal cuyo dueño se desconoce o no se encuentra próximo y que este tercero ha tenido que llevar a su casa y cuidarlo, con todo lo que aquello implica.

Llevemos este asunto a la actualidad, con un ejemplo más cotidiano.

Vamos por una calle cercana a nuestro hogar y nos encontramos un gato. Este gato es de alguien, pero no sabemos puntualmente de quién es, o bien, conocemos a su dueño, pero se encuentra temporalmente fuera de la ciudad. ¿Qué hago? ¿Debo llevármelo a casa y cuidarlo por siempre o por un tiempo indeterminado, asumiendo sus costos de alimentación y veterinario?

La respuesta del Talmud parecería no ser totalmente adecuada para intentar resolver la situación, sin embargo, ya tenemos despejados tres asuntos medulares: ¿Tengo una obligación para con esa mascota? Sí, la tengo. ¿Es permanente? No, sino hasta que aparezca su dueño. ¿Y si no aparece? Bueno, en tal caso, puedo “vender”.

Naturalmente, en referencia a la idea de la venta, es menester recordar que en la época de los sabios, la sociedad no estaba familiarizada con la idea de la adopción de mascotas. Pero ahora, cuando vivimos en sociedades donde se han levantado grandes campañas que invitan a adoptar en vez de comprar, podríamos aplicar por analogía la enseñanza de nuestros sabios con bastante facilidad. 

Todo esto lo digo porque, indudablemente, no podemos hacernos cargo de todos los animales y mascotas que andan por el mundo sin dueño, que han sido abandonadas, o bien, que simplemente se extraviaron de sus dueños. Aunque quisiéramos, nuestro espacio, nuestro tiempo y nuestros recursos por regla general no son ilimitados.

Ahora bien, independientemente de nuestra situación y entendiendo que tenemos una responsabilidad, podríamos optar por no “desentendernos” (como nos pide la Torá), darles algún cuidado provisorio, velando por su bienestar básico, como es el caso de la alimentación, hasta que encontremos para ellos una familia que desee acogerlos.

No se trata de ser el superhéroe de los animales y mascotas perdidos o abandonados. Pero algo se puede hacer y por algo se debe partir.

Y esto se conecta en cierta forma con la idea de que tenemos una responsabilidad incluso con el animal o mascota de nuestro enemigo, porque actualmente, en nuestros países se apuesta por crear herramientas legales para perseguir y sancionar a los malos dueños, el abandono animal se considera un desvalor, algo reprochable y se intenta controlar en cierta forma el fenómeno desde una visión punitivista, asociándole castigos. 
Así las cosas, incluso en ese caso, la Torá nos invita a no descuidar las necesidades de ese animal o mascota en la espera de que el dueño sea encontrado y castigado. 

En palabras simples, más allá de lo reprochable del abandono y maltrato animal, alguien debe asumir las necesidades inmediatas y urgentes de esa vida, de ese ser sintiente mientras se encuentre en esta indeseable situación.

El concepto actual de la “sintiencia animal” tal y como lo entendemos hoy, aplicándolo a seres y formas de vida que tienen algún grado de conciencia y que son capaces de percibir emociones como placer (alegría) o dolor, tal vez era algo desconocido para nuestros sabios. Sin embargo, entre líneas dejan ver que dominaban alguna noción sobre aquello.

Nuestros sabios no se limitan a abordar estos temas como un asunto de patrimonio, no cosifican al animal, no lo convierten en una “cosa que se mueve”. Al contrario, lo convierten sofisticadamente en un “sujeto de Derecho”, desde que le reconoce la necesidad de recibir cuidados y ser alimentados, estableciendo, por otra parte, una verdadera obligación jurídica al respecto (para nosotros), la obligación de cuidar y alimentar, la cual recae principalmente en su dueño y en ausencia de este (por el motivo que sea), en cualquier otra persona que vea a este animal o mascota en la situación de abandono, extravío, etc en que se encuentre.

Ahora bien, al concluir esta reflexión y redondeando lo que afirmé anteriormente, es bueno señalar que la Torá nos enseña a rectificar nuestro carácter y fortalecer nuestra inclinación al bien, mediante los actos de compasión hacia la vida animal. 
Diversos estudios de psicología nos señalan que aquellos que son crueles con los animales, generalmente son también capaces de actuar con crueldad hacia las personas, particularmente las indefensas.

La Torá es plenamente consciente de todo aquello y por esto, su proyecto civilizatorio es incompatible con el maltrato y abandono animal. Además, según lo expuesto y estudiado en este comentario, también es incompatible con la actitud indiferente hacia ellos y sus necesidades, tal como se señala en el pasuk 3 del capítulo que estamos comentando.

Que en este Shabat seamos capaces de fortalecer nuestro compromiso personal con el respeto a todas las formas de vida, a la vida de los seres sintientes, la vida animal. 

Que podamos asumir el desafío de ser mejores cuidadores, no sólo de nuestras mascotas, sino también de aquellas cuyos dueños no aparecen o simplemente desaparecieron.

Que podamos entender que tenemos un deber como sociedad en esta materia.

Y que, en definitiva, mirando más allá de los legítimos reproches hacia el que abandona, olvida o extravía, podamos responder a las necesidades inmediatas de estos animales y mascotas, las cuales no se pueden desatender, como es el alimento y el cuidado médico veterinario.
 
Ellos, los animales y mascotas no son responsables de la situación en la que se encuentran. 

Ya no basta con reprochar, porque frente a la necesidad se debe que actuar.

El activismo pro derechos de los animales que nos propone la Torá, no es solamente un asunto de indignación, en realidad se trata de asumir responsabilidades mediante actos concretos.

Que podamos hacer tikún olam, inspirados por los valores “pet-friendly” de la sagrada Torá.

Shabat Shalom, 
Shabat Shalom uMevoraj.


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