En el pasuk 4 del Capítulo 23 de Bereshit, correspondiente a la Parashá Jaiei Será, leemos que Abraham señala lo que sigue: “Soy un extranjero residente entre ustedes, véndanme un lugar de entierro , para que pueda enterrar a mis muertos.”

Abraham está negociando la adquisición de una terreno para fines funerarios, quiere hacerse dueño de Mearat ha-Majpelá (Cueva de Majpelá).

Sará ha fallecido, Abraham quiere dar sepultura a su cuerpo. Pero también está pensando en el futuro.

Rashbam, comentando esta situación, señala que Abraham advierte o identifica un problema: “Como no soy de esta tierra, no heredé de mis padres un cementerio ancestral.”

Jizkuni agrega a esta idea, que Abraham lo que negocia y pide es: “una propiedad funeraria con estatus de ancestral.” Esto, dado que, según este exégeta, Abraham estaba pensando en qué pasaría en la posteridad, si Sará era enterrada en propiedad privada de otra persona, ¿quién le aseguraba que ese propietario, sus herederos o un nuevo propietario a futuro, no decidiera transferir los restos mortales a otro lugar, o emprendiera una actividad económica sobre las tumbas, como el arado, la construcción, etc?

Abraham es una persona con capacidad de prever, no mira las urgencias y busca cubrirlas con desespero. Se toma su tiempo, analiza, piensa en optimizar sus decisiones actuales, en aras del beneficio de quienes vienen tras él.

Curiosamente, el desafío de que cada comunidad en el mundo, tenga un cementerio, sigue siendo algo sumamente actual. A veces, se deben tomar decisiones sobre la administración de estos lugares. Y siempre debería privilegiarse el largo plazo, respirar profundo y tomar decisiones sensatas.

Sin embargo, no es lo único que preocupa a las comunidades.

En Latinoamérica, el estado de la comunidad judía es el que sigue: centenares de familias sin acceder a educación judía para sus hijos, comunidades en puntos alejados de las principales ciudades que definitivamente no conocen una mikve… y aquí me detengo, porque la lista de necesidades que enfrenta la diáspora, especialmente en Latinoamérica, es larga y entre más enumeramos, más nos tendemos a desesperar.

¿Qué hacer?

¡Sigamos el ejemplo de la paciencia de Abraham y su capacidad de mirar al futuro!
No basta con identificar los problemas o enumerarlos. Es necesario, pero no es todo.
Y sobra decir que, sólo quejarse, no aporta en nada.

La idea, en primer lugar, es no conformarse con lo que está más rápido a la mano como posible solución. Podríamos estar confiando en propiedad de otros lo que tiene valor para nosotros. Y eso no nos garantiza estabilidad a futuro.

Incluso si nos ofrecen regalos y una serie de elogios como los que el relato muestra que recibió Abraham. Tenemos que ser capaces de construir nuestros proyectos y anhelos comunitarios por nosotros mismos. Esta es una forma de mantener los lazos, la cohesión comunitaria en torno al sentido del compromiso.

En segundo lugar, debemos tener la conciencia de Abraham: “Soy extranjero, soy residente…”

Esto es curioso, el pasuk es curioso, puesto que Abraham se define con dos conceptos distintos, contrapuestos y según cierta línea, incompatibles entre sí: “ger ve toshav”. 

Los comentaristas afirman que la persona puede ser ger (extraño, extranjero) o toshav (residente, nacional, ciudadano), pero no ambas cosas a la vez.

¿Por qué Abraham dice (en el fondo) “no soy de aquí, pero soy de aquí”?

El Rav Yosef Dov Soloveitchik, nos dice que debemos seguir el ejemplo de Abraham Avinu al respecto. Porque, si bien, como judíos podemos integrarnos y es deseable que nos integremos completamente a las sociedades en las que vivimos, desenvolviéndonos plenamente según el conocimiento económico, científico y cultural del entorno, también debemos tener el valor de reconocernos como “extraños” (de otro lado) y preservar nuestras tradiciones, costumbres y cultura propia.

¿Cómo se puede vivir con esto?
No, no es una doble identidad. 

Es simplemente reconocer la realidad, por ejemplo, en nuestro caso: “Soy diáspora, soy Chileno, soy judío”. No sería ninguna diáspora, si primero no tuviera conciencia de que soy judío. Y tampoco sería ningún judío, o no tendría conciencia de aquello, sin entender primero mis orígenes, cómo llegué aquí: reconocerme diáspora.

Para los judíos en diáspora, ambas cosas, ser diáspora y ser judío, o ser judío y ser diáspora, en el orden que se quiera ver, se explican unas a otras y le dan sentido a los desafíos que debemos enfrentar en nuestros respectivos países.

Por otro lado, cuando Abraham dice: “Soy residente…” está reclamando sus derechos como todo residente, como todo ciudadano, para poder adquirir propiedad.

Esto nos recuerda que, por muy judíos que seamos, somos ciudadanos de los países en los que nos encontramos y como tal, no debemos tener miedo de ejercer nuestros derechos como ciudadanos y exigir que sean respetados, como la libertad de expresión, la libertad de culto y pensamiento, el derecho a tener nuestras instituciones, etc.

Actualmente en Europa, las comunidades están preocupadas por el resurgimiento de tendencias políticas arcaicas, peligrosas, que han pretendido históricamente desconocer los derechos civiles de los judíos.

Frente a eso, debemos tener el valor de Abraham, para decir: “Sí, nosotros somos diferentes, pero aún así, tenemos todos los mismos derechos, porque ser distinto no tiene nada de malo…”

¿Cómo podemos integrarnos, sin asimilarnos y hacernos tan indistinguibles, al punto de perder nuestra identidad?

Abraham nos entrega en esta parashá una clave interesante.

No tenemos por qué ser todos iguales, en realidad somos todos diferentes. En lo único que debemos ser iguales es en el reconocimiento de nuestra dignidad y derechos, además del ejercicio de ellos.

Puedo reconocerme distinto y al mismo tiempo pedir que se me trate con igualdad.

Mientras seguimos equilibrando nuestra vida en la diáspora, donde debemos balancear nuestros deberes hacia la sociedad en la que vivimos, con los deberes que tenemos para con nuestra propia comunidad, que tengamos el mérito de pensar en el futuro, de trabajar por el futuro, de ser reflexivos y tomar buenas decisiones, que nos beneficien a nosotros, a nuestros descendientes y a los países en los que residimos.

Shabat Shalom,
Shabat Shalom umevoraj.

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