Éxodo 1:1 al 6:1
 
Hemos comenzado el estudio del Libro de Shemot, la historia del Éxodo, libro que es tanto una continuación de Bereshit, como la marca del inicio de una nueva historia, un nuevo comienzo. 
 
En Bereshit vimos nacer al Universo, al tiempo, al hombre y a una serie de personalidades individuales, muy interesantes de analizar. Ahora en cambio, llegó el momento de hablar sobre el nacimiento de un pueblo, el surgimiento del sentido de lo colectivo, la identidad, la búsqueda de la libertad y de la trascendencia.
 
El libro de Shemot abre diciendo: “Estos son los nombres de los hijos de Israel…«, repitiendo una enumeración de nombres que ya conocíamos. El exégeta Sforno señala que la repetición responde a la gran importancia de las historias individuales de estos personajes que estudiamos en Bereshit. Por mi parte, adicionalmente pienso que esto se debe a las muchas lecciones provechosas que podemos extraer tanto de los aciertos como de los errores de ellos.
 
Y sí, aprendemos de todo, puesto que la Torá no es un libro de superhéroes, al contrario, nos habla de personas absolutamente normales, que al igual que nosotros, tienen el potencial de hacer el bien o el mal, según sean sus decisiones en un determinado momento, o frente a una situación determinada. 
 
Así, ahora pasamos de las historias personales, a la historia colectiva de la mano de Moshé. Porque juntos somos eternos.  (Apuleyo) Y es momento de conectar todas las generaciones, todos los tiempos y mostrar una voluntad clara de ser un pueblo, reconocernos como tal y pensar en el futuro desde este reconocimiento.
 
Nosotros, a diferencia de los Egipcios, supimos ser continuadores de la historia de Abraham, Itzjak y Iaakov, hasta el día del hoy mantenemos estas señas de identidad y continuidad intactas.
 
Cuando un pueblo no es capaz de preservar aquello, acontece lo que sucedió en Egipto. 
 
El pasuk 8 del Capítulo 1 de este libro, señala que fue nombrado un nuevo Rey sobre Egipto: “Que no conocía a Iosef…”, detonante de nuestra desgracia.
 
Un nuevo rey que no era continuador de la dinastía gobernante…”, señala Ibn Ezra. 
 
Y un Rey que definitivamente no era continuador de nada, un Rey ignorante, porque no desconocía solamente la historia de Iosef  “El justo”, sino además desconocía la propia historia de su pueblo, me atrevo a sugerir adicionalmente. 
 
No respeta las buenas relaciones que se habían creado entre ambos pueblos, las desconoce, se salta los valores que regían aquello que podríamos llamar las “relaciones internacionales” de su pueblo y así se desencadena el desastre.
 
Y digo desastre, porque esta historia no dejará a los Egipcios incólumes, al contrario, sufrirán mucho. 
 
Desde que olvidaron el valor de la tolerancia, que hasta ahora venían practicando, su destino cambió para mal. 
 
Mientras tanto, en la otra vereda, los judíos seguimos enseñando y practicando, por ejemplo, el valor de la hospitalidad. Y es que, evidentemente, nuestra permanencia ha sido el resultado de construir y preservar la continuidad.
 
En esta parashá aparece en acción Moshé Rabeinu veMoreinu, el gran líder, un hombre para el cual nuestra tradición no se reserva honor alguno, todos los títulos honoríficos descansan sobre su memoria. ¿Pero cómo se nos presenta a este hombre en la Torá?
 
Lo más cercano que tenemos a un superhéroe en nuestra tradición, es justamente Moshé.
 
Sin embargo, la Torá nos habla del origen de Moshé como algo absolutamente común – tal vez demasiado – sin efecto especial alguno: un niño común y corriente, de familia pobre y esclava, intentando sobrevivir en un cesta.
 
Lo verdaderamente extraordinario, es lo que se puede leer entre líneas.
 
Si vamos al capítulo 2:5, veremos que lo que traducimos como “la cesta” o “canastita” de Moshé, en hebreo es una “tebá” (תבה), palabra que de inmediato nos hace pensar en la “tebá de Noaj”, el arca de Noé.
 
Solamente en dos ocasiones aparece esta palabra en la Torá y en ambas, representa la protección Divina y la salvación de una persona o varias personas y con ello, la preservación de la continuidad.
 
Abarbanel, en relación a la palabra Tebá, enseñó que “no es un barco”. Y es cierto, porque este elemento definitivamente quiere indicar otra cosa en el texto.
 
Además de representar la protección Divina, lo cual es un punto en común entre la tebá que salva a Noaj, su familia y la que posteriormente salva a Moshé, podríamos encontrar otra lectura, desde lo que las diferencia.
 
La tebá de Noaj es construida por él mismo, siguiendo las instrucciones de D-s. Lo cual equivale al hombre que estudia Torá, sigue sus consejos y construye su vida con base en ella, poniéndose a salvo y mejorando su vida gracias a la sabiduría que de ella emana.
 
La tebá de Moshé, en cambio, no es construida por él mismo, sino que lo acomodan en ella, para navegar por los peligros de la vida, buscando sobrevivir, buscando la continuidad. Además, es una tebá frágil.
 
Hay evidentemente un tema con la continuidad en esta Parashá. Paró ve una amenaza militar en el crecimiento del pueblo de esclavos y se propone volverlos inofensivos, se propone terminar con su continuidad. Recordemos que estos esclavos descienden de guerreros temidos, incluso Iaakov presume al cierre de la Parashá Vaiejí todo lo que logró en la vida con su “espada y su arco”, lo que Onkelos traducirá como “su rezo y súplica personal”, pero siempre en el campo de batalla.
 
Para acabar con la continuidad, Paró tenía que acabar con los que podrían eventualmente llegar a ser los continuadores o, más precisamente, con el líder de la generación de la continuidad.
 
Ciertamente, Paró intuía bien, porque entre los neonatos Hebreos se encontraba el más grande. El que sería enviado a continuar con la labor de sus predecesores, una labor que no inició, un arca de sabiduría y ética que él no construyó, pero que constituye su herencia cultural y que, al estar esta identidad amenazada por los poderosos, la misma identidad se torna suficiente para salvarlo, preservarlo y permitirle cumplir su misión. 
 
Hay un cuento de ciencia ficción que se llama: “Los primeros hombres”, escrito por Howard Fast, un célebre escritor estadounidense, en el cual se dice que el hombre criado por lobos, es un lobo (como en el caso de los “niños en estado salvaje” de los cuales se estudió mucho en el siglo pasado) y que el niño criado por mandriles es un mandril. El hombre, en cambio, no puede hacerse hombre por sí solo, sino que requiere de otros hombres y de la totalidad de la sociedad y la experiencia humana.
 
Ciertamente no hay continuidad sin la tebá. No habrá continuidad si las nuevas generaciones no se encuentran protegidas por el arca de su identidad, sus tradiciones, su cultura, los valores judaicos, la sabiduría de otras épocas y la experiencia de sus mayores contemporáneos. 
 
Las nuevas generaciones no serán judías, si no logramos transmitirles adecuadamente su herencia cultural y espiritual, nosotros y ahora.
 
La infancia Judía hoy necesita más que nunca de esta protección, que en general aludimos a una protección Divina, sin embargo, el texto nos dice que es la misma familia de Moshé la que lo acomoda en la tebá, no D-s. Así como somos nosotros los que debemos procurar dar educación Judía a las nuevas generaciones.
 
Que en este Shabat, podamos reflexionar sobre lo que tiene más valor. La familia de Moshé no lo envía a la vida con cosas, al contrario, la precaria tebá es señal de que irá a enfrentar el futuro solamente él, con nada más que lo que es y lo que descubrirá a medida que mantiene en su conciencia la verdad: Que es un hebreo
 
Y esto equivaldría a lo que Victor Frankl identificaba como la significación del ser y del quehacer, ejercicio que de suyoevita el vacío existencial.
 
Lo que estudiaremos en adelante, la “vida con sentido” de Moshé y su alejamiento futuro con el Palacio de Paró, responderá justamente a esto: a la identidad
 
Habiendo sobrevivido antes, emergiendo de las aguas para ir a los brazos de la hija de Paró, se asegura la existencia, no por el lugar al que llega, sino por el hecho mismo de ser quien es y de traer consigo lo que trae: la cultura y los valores de su pueblo.
 
Moshé es potencialmente capaz, como toda persona, como todo judío. Lo cual me recuerda aquello que Maslow enseñó: “Un maestro o una cultura no crean un ser humano, lo que hacen es promover o convertir en real y actual aquello que existe en embrión.”
 
Moshé comenzará a triunfar, cuando comience a reconocer quién es y elija ser él mismo. Y esto no habría sido posible, sin el enorme esfuerzo de su familia, que buscó la forma de salvarlo.
 
El futuro de Moshé en este punto de su historia, en el que quedaremos al cierre de esta Parashá, es prometedor. Su familia busca transmitirle los valores de la identidad y esta identidad es suficiente para salvarlo. 
 
Finalmente, salvándolo se asegura la existencia de todo un pueblo y hoy nosotros debemos repetir el ciclo.
 
Para las nuevas generaciones: educación.
La educación enseña la identidad, la refuerza, protege y hace perpetua.
 
La educación hará que las nuevas generaciones descubran su judeidad, descubran su herencia cultural y se conviertan en una mejor versión de ellos mismos, desde el auto reconocimiento y auto percepción, como lo que son, como lo que somos: Bené Israel.
 
La familia de Moshé no tenía cómo adivinar el futuro, pero apuesta por la continuidad. El resto de la historia la dejan en manos de D-s y de Moshé mismo.
 
La frágil “arca” de Moshé, fue simplemente la intención y buen deseo de su familia, de que Moshé sea el continuador. A veces la intención y resolución basta, o tal vez bastó en esta ocasión, dado el contexto del relato. La frágil “arca” fue un gran desafío a la autoridad de Paró y a la situación en general. Fue un gran esfuerzo de la familia, fundado naturalmente en una buena intención, en una mirada de futuro.
 
¿Estamos velando por la continuidad? ¿Estamos haciendo algún esfuerzo?
 
Hoy que vivimos en países libres y somos libres, que podamos conservar este buen deseo de construir la continuidad y que no escatimemos en esfuerzos para lograrlo.
 
 
Shabat Shalom,
Shabat Shalom Umevoraj.

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