Desde el principio de nuestra historia como pueblo comenzamos a experimentar aquella relación indivisible con la textualidad, lo escrito. Una gran narración con preceptos integrados que han sucedido generación tras generación.

 

Para nuestra tradición, nuestros textos son inagotables y han experimentado infinidad de interpretaciones y propuestas a lo largo de nuestra historia, en la cual hemos sido capaces  de rechazar posiciones dogmáticas y reinventarnos en una constante observación y búsqueda de aquel primer impulso que motivó el texto bíblico.

 

La revelación en el Sinaí nos remite al momento en el que D-s se comunica con Moshé, pero desconocemos cómo. Nuestros sabios con respecto al relato de la Revelación parten desde la premisa de que D-s no podría hablar.

 

Resulta interesante pensar en esa comunicación como algo que va más allá de lo sensorial, algo que trasciende la forma y que se expande infinitamente en el tiempo.

 

El misticismo judío trata este tema, específicamente Gershom Sholem, en su libro “El nombre de D-s y la teoría del lenguaje de la Cábala” escribe:

 

 “La Torá se despliega en una plenitud infinita de sentidos en todos los mundos en que los seres creados perciben la Revelación, el lenguaje de Dios, en otras palabras, el verbo divino que llega a todos los mundos encierra, por cierto, un polisemantismo infinito, pero no tiene una significación determinada. Él mismo desprovisto de sentido, el verbo divino es interpretable absolutamente.”

 

En otras palabras, se origina en la revelación del Sinaí una voz que no ha cesado de resonar y la esencia de está acción es la comunicación polisemántica, para que cada individuo se apropie de ella y la viva.


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