La “Responsabilidad compartida”, es un interesante concepto de Derecho Internacional  que actualmente ha tomado fuerza en el ámbito del Derecho Medioambiental, empleándose también como “Principio de las Responsabilidades Comunes”. 
 
Estas nociones son muy importantes, puesto que surgieron de la mano del gran cambio de paradigma de los últimos siglos, el cual nos permitió pasar de los nacionalismos exacerbados, a una nueva experiencia colaborativa entre países, en aras de la construcción de una sociedad internacional que se preocupara y ocupara de las personas y sus derechos, así como del desarrollo de los pueblos, siendo a la vez garante de aquello.
 
Sin embargo, han pasado más de 70 años desde que la Carta de las Naciones Unidas fuera aprobada y todavía estamos muy lejos de lograr ciertos “objetivos macro” para garantizar la paz y el desarrollo. Es cosa de ver las recientes tensiones beligerantes entre potencias mundiales, que a ratos parecieran olvidarse del nuevo paradigma, acusándose mutuamente de miles de cosas y adoptando una política exterior pro-agresión.
 
Esto se torna particularmente grave cuando, en nombre de la defensa de unos, se debe necesariamente demonizar “al otro” y acabar con él. 
 
Estas distinciones son siempre arbitrarias, a pesar de las muchas excusas que se busquen. Y no nos podremos volver a sentar juntos en la mesa, mientras no comencemos por reconocernos [como] iguales, sin excepción.
 
En este Shabat quiero reflexionar con ustedes sobre eso que algunos llaman “la santidad de la vida humana” y que, a pesar de sonar tan beato y elevado, a menudo pareciera relativizarse (con demasiada facilidad), desde los más diversos ámbitos de la sociedad, incluso en nuestro intento de sociedad internacional y sus tan solemnes discursos.
 
En esta parashá, iniciamos la lectura con una serie de instrucciones para la realización de un censo, dice la Torá: “Cuando hayas de establecer el número de los hijos de Israel… habrá de ofrecer cada hombre: … medio shekel.” (30:12-13)
 
Luego, agrega el pasuk 15: “El rico no habrá de exceder ni el pobre habrá de disminuir de la mitad del shekel al ofrecer la ofrenda ante Adon-i, para expiar por sus vidas.”
 
Algunos exégetas, como Jizkuni, han visto en este último pasuk una idea de “igualdad”. Rescata Jizkuni el sentido de expiación por los pecados que nos aporta el texto y seguramente se pregunta: ¿Por qué alguien tendría derecho a quedar fácilmente libre de sus transgresiones, sólo porque tiene mucho dinero?
 
Sin embargo, por otra parte y sin alejarnos del texto, debemos recordar que la ofrenda del medio shekel sería utilizada también como método censal: toda persona mayor de 20 años daría la misma medida, entonces, luego al reunir y contar, se sabría cuántas personas mayores de 20 años había en el pueblo. ¡Interesante método!
 
Siguiendo esta arista, el autor de Minjá Belulá señalará que la intención de prohibir que el rico diera más y el pobre menos que la medida indicada, sólo buscaba no alterar el conteo, en otras palabras, no afectar el método censal. 
 
Y esta postura se parece a la de quienes ven las normas solamente como asuntos estadísticos, mercantiles o económicos, lo cual no es malo en principio, porque era necesario que el censo funcionara, porque es importante el rol que cumple la buena administración en las instituciones y organizaciones y porque es importante sacar correctamente las cuentas. Pero eso no lo es todo.
 
Algún lector se preguntará cuál es la relación entre la expiación por las transgresiones y la necesidad de tener estadísticas. Y esa es una gran pregunta, el por qué de esta doble función de la donación del medio shekel.
 
Pensemos en un sistema perfectamente organizado y administrado, ¿cómo reaccionamos al error humano?, este factor que, de suyo, siempre está presente.
 
¿A quién responsabilizamos?
 
Hoy, en nuestros complejos sistemas, por ejemplo, de producción a gran escala, todos los procesos están  automatizados y computarizados, permitiendo que los operarios  detecten el punto exacto en el que se produjo una determinada falla. 

Incluso, usando un ejemplo humano, en un mundo lleno de cámaras y con las nuevas tecnologías para la detección e identificación del ADN humano, es fácil rastrear al que cometió un delito, de hecho, este tema fue noticia durante la semana.
 
Podemos individualizar las responsabilidades, rastrearlas hasta llegar al origen del error.
 
El problema es que este rastreo suele hacernos olvidar que la necesidad de detectar el error, no es más ni menos importante que la necesidad de asumir ciertas responsabilidades colectivas ineludibles. Y esto siempre ha generado divergencia de opiniones en exégesis, por ejemplo: ¿Quién tuvo la culpa por la construcción del Becerro de Oro? (Cap. 32)
 
Algunos pondrán sus ojos sobre los líderes, otros dirán que todo el pueblo fue culpable y aún habrá otro grupo que buscará identificar, dentro del pueblo, a un sector en particular para culpar, porque en su opinión los verdaderos responsables del error o de inducir al error fueron los “Erev Rav”, término que se sigue usando peyorativamente – en ciertos ámbitos – hasta el día de hoy, para decir que algunas personas “no parecen lo suficientemente judías”, que son “traidoras” o cualquier otra idea negativa de esta naturaleza.
 
Volviendo ahora al principio de las “responsabilidades comunes” en materia Medioambiental, es dable reconocer el enorme avance que se ha logrado en la materia a raíz de la incorporación de este principio. Se nos dice entonces que, todos los actores sociales (empresas, personas, gobierno) deben sentirse responsables, hacerse responsables y asumir la responsabilidad, por la protección y cuidado del medioambiente. Y, como contraparte a esta idea, como consecuencia de no asumir esta responsabilidad, todos tendremos que pagar las consecuencias nefastas del daño medioambiental por igual.
 
Sin embargo, a la fecha hemos visto que las políticas medioambientales de países como Chile se basan en la búsqueda de culpables: ¿Quién consume más agua? ¿Las empresas o las familias? Y no son pocos los que dicen: ¿Por qué me tengo que dar una ducha más corta, mientras la producción agrícola del país consume agua descontroladamente?

Otra vez: la tendencia es exteriorizar. Debe haber otro que está a cargo de tal cosa y debe haber otro que es culpable de lo que está pasando. Yo no me doy por aludido. 

Ese es, de hecho, el camino más fácil.
 
La tradición Judía en cambio, siempre ha tenido nociones sobre el principio de las “responsabilidades comunes”. ¿Qué es lo que verdaderamente importa? ¿Buscar culpables eternamente o aprender la lección? 

La pregunta interesante que cabe hacerse aquí es: ¿Cuándo nos haremos responsables de nuestras propias acciones?
 
Fíjense lo que dice Maimónides sobre el deber de entregar el medio Shekel: “…Incluso un hombre pobre que vive de la caridad está obligado a dar.” (Mishné Torá)
 
En otra obra de halajá, leemos: “…que incluso los más pobres de los pobres son responsables de ello [entregar el medio shékel], y si no lo tiene, toma prestado de otros o vende el manto que está sobre él.” (Sefer HaJinuj)
 
En otras palabras, nuestras responsabilidades compartidas requieren primeramente de compromiso personal, de cumplir con nuestras obligaciones personales, eso está claro. 
 
Pero el conjunto de nuestras responsabilidades individuales, forma algo más grande, lo que puede definirse como una “voluntad colectiva”. Y en este sentido, debo ser leal en responder a la sociedad, así como la sociedad debe velar por corregirme en caso de error, porque de no hacerlo, se haría cómplice.

En definitiva, esto funcionará sólo cuando todos estén invitados a participar y además, cuando todos respondan de buen grado a la invitación, comprometiéndose a participar activamente.
 
Así parece reafirmarlo Rav Tzadok HaKohen de Lublin, comentando el Majzor de Rosh Hashaná: “Y con respecto a la cuestión del distanciamiento del mal, todo Israel es el mismo… todos son capaces de limpiar del mal en la práctica…
 
Por otra parte, ¿a qué otra cosa podríamos asemejar esta medida idéntica para ricos y pobres, sino al estándar ético?
 
La Torá, este milenario proyecto ético y civilizatorio, nos invita a reflexionar sobre las “responsabilidades comunes” en esta Parashá y nos dice – entre líneas – que somos responsables individualmente de nuestra conducta, pero que también somos responsables los unos por los otros. Que tengo deberes hacia la sociedad y que, como sociedad (en conjunto) tenemos una serie de responsabilidades hacia el individuo propiamente tal, hacia cada persona.
 
Que somos todos igualmente responsables de construir una sociedad mejor y que somos igualmente responsables (culpables) cuando este noble ideal fracasa.
 
No es tal o cual potencia la culpable, ni tal o cual grupo social, ni tal o cual persona en particular, porque todo error individual – grave – implica necesariamente un fracaso de la sociedad y todo error colectivo – grave – implica necesariamente el fracaso de múltiples individuos, simultáneamente.
 
La unión del tema del medio shekel, con el pecado del Becerro de Oro en esta Parashá, viene a enseñarnos muchas cosas: que es deseable comprometerse económicamente con las buenas causas, que es deseable que todos seamos generosos – pobres y ricos -, que todos tenemos el mismo valor como personas, que compartimos las mismas capacidades y de consecuencia, somos igualmente responsables del desarrollo de la sociedad en la que vivimos y que también debemos compartir las culpas por los fracasos.
 
No sólo materialmente, sino también espiritual y moralmente, quienes tienen más educación y conocimiento sobre la ética y las virtudes, también son culpables del error que comentan los que tienen menos instrucción en estos temas o nula instrucción, y de los errores – acaso “horrores” – sociales que no nos hemos esforzado por denunciar e intentar corregir.
 
¡Cuánto cambiaría el mundo si todos sintiéramos que construir un mundo mejor es responsabilidad de todos! 
Las cosas definitivamente cambiarán cuando las personas dejen de pensar que ser solidario es cosa de los que tienen más, que dirigir un país y tener opinión es cosa de los que estudiaron tal o cual profesión. Que son otros los que tienen deberes. Y que la culpa de los males sociales es solamente de tal o cual. De esto último, nosotros hemos sido víctimas recurrentes, de consecuencia, no lo podemos aceptar.

Tenemos una tendencia a exteriorizar los deberes, las responsabilidades y las culpas, eso está claro. Pero podemos avanzar a un nuevo nivel de conciencia.
 
Finalmente, el medio shekel y su trasfondo de igualdad jurídica, también es un signo que nos habla de la dignidad humana.
 
En su célebre obra “Fundamentación de la Metafísica de las Costumbres” (1785), Kant nos dice que: “En el reino de los fines todo tiene o un precio (Preis) o una dignidad (Wirde). Lo que sólo tiene precio puede reemplazarse por algo equivalente; pero lo que está sobre todo precio, y no tiene por consiguiente equivalente, es lo que tiene dignidad.” (Pág . 163) 
 
Y traigo esta cita a la conversación porque, evidentemente, la medida que se nos presenta en esta Parashá no tiene que ver con el precio de la vida humana, tampoco nos quiere decir que todas “valen” lo mismo desde un punto de vista pecuniario (apreciable en dinero). 

Muy lejos de eso, se nos está queriendo enseñar – entre líneas – que sólo cuando en una sociedad se reconoce que todos tienen obligaciones por cumplir y que todos son responsables de ayudar a mejorar el mundo y que se hacen culpables conjuntamente por los males sociales cuando evaden sus responsabilidades y deberes, estamos reconociendo al ser humano como un ser autónomo y de consecuencia, honrando verdaderamente la dignidad humana.

Independientemente de lo que se nos haya enseñado en medio de la cultura occidental de lo «desechable», la voz de la ética y la voz de nuestra tradición nos vienen a recordar hoy que toda persona es irremplazable y de consecuencia, imprescindible en la misión de «tikún olam».

Y que es mediante este reconocimiento de la igualdad – no sólo de la naturaleza humana, sino del destino trascendente que compartimos-, que finalmente podemos encaminarnos hacia un mejor futuro.
 
Todas estas nociones e ideas, son aplicables a los más diversos tipos de relaciones humanas, desde las más cercanas hasta las más remotas, desde las más simples a las más complejas. 

Cada persona y cada país deben asumir sus propias responsabilidades, asumir los desafíos y corregirse. 

Porque todos tenemos la misma misión y el mismo estándar ético para lograrlo. Todos tenemos las capacidades necesarias para cumplir nuestros deberes y hacernos responsables.

Que tengamos el mérito de ser contados entre los que siguen construyendo el nuevo paradigma.
 
Shabat Shalom.
Shabat Shalom umevoraj.
 
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