Vivimos en una era en que la humanidad finalmente tiene la posibilidad de acabar con toda la vida sobre nuestro planeta y se hace necesario que establezcamos un equilibrio entre los seres humanos y la naturaleza, evitando el desperdicio, lo insano para con el medio ambiente y para con el propio ser humano, así como todo tipo de crueldad hacia nosotros mismos y hacia los animales.
 
La pausa y la contemplación son necesarias para la continuidad y el crecimiento, porque nuestra tradición considera el tiempo como una oportunidad. 
 
Si vivimos en una constante aceleración y enajenación, nuestra oportunidad de hallar un lugar sagrado en el que seamos capaces de vivir la profundidad y vincularnos con lo trascendental se ve perdida.
 
Frente a esto, podemos apreciar la relevancia de una de nuestras ideas más brillantes y revolucionarias de todos los tiempos: el Shabat.
 
El Shabat es el imperativo de que toda criatura descanse, lo que significa que ninguno puede ser simplemente un medio para satisfacer nuestras necesidades, una «tregua» entre la naturaleza y la humanidad, también es el día dedicado a nuestra familia, nuestras actividades espirituales y al bienestar común.
 
Seis años sembrarás tu campo y seis años podarás tu viña, y recogerás su cosecha. Pero en el séptimo año habrá un cese total para la tierra, un Shabat para HaShem; no sembrarás tu campo ni tu viña podarás. No segarás lo que brote por sí solo de tu siega, y las uvas de lo que apartaste no vendimiarás; un año de cese será para la tierra. (Levítico 25:3-5)
 
El año shmitá aumenta los valores del Shabat de un día a la semana a un año, cada siete años y nos pide que liberemos nuestro apego al dominio de la tierra, que vivamos en la absoluta inmediatez de la temporada y que nos sustentemos con lo que sea que la tierra nos proporcione mientras nos alejamos por un instante.
 
Somos seres limitados por la justicia y los derechos de los demás, limitados por nuestra propia naturaleza y mortalidad, limitados por el respeto a la creación como un TODO. 
 
Nunca hemos sido propietarios del mundo ni de las especies que lo habitan, somos un organismo ecológico funcional que depende de las vidas sobre el planeta en el que habita y que sólo a través de la coexistencia en equilibrio, podemos garantizar nuestra permanencia. 
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