Lo verdaderamente puro, es eterno, porque es inalterable, no se degrada, más allá de las circunstancias. Un cuerpo muerto no es puro, porque representa lo imperdurable, lo que se desintegra y descompone. Sólo los vivos podemos celebrar a Ds y afrontar la mortalidad, por ende, nuestros encuentros con la muerte nos distancian brevemente de los rituales de reafirmación de la vida.
 
Todo ser humano morirá. Cada nacimiento trae otro ser frágil y mortal al universo, pero también trae alegría y preocupación, asombro y miedo. Una nueva familia tiene fe en el potencial de la vida, pero teme la posibilidad de la muerte. 

La Torá nos remarca el nacimiento de una niña, porque ella encarna el potencial de algún día tener otra vida nueva, y así, cada vida que se trae al mundo traerá también otra muerte.

El sistema de pureza bíblico proclama que nuestras confrontaciones con la naturaleza pasajera de la vida dejan una profunda marca espiritual, desde la concepción hasta el nacimiento, la enfermedad y la muerte. En cada etapa de la vida, reconocemos y ritualizamos nuestros encuentros con la muerte. 

Entonces nos abrazamos y nos sumergimos en la vida de nuevo.
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