La enfermedad más destructiva, dolorosa y más contagiosa de todas es la ignorancia. La ignorancia pervierte a las personas y conduce a vidas vacías y contraproducentes.» 
(Rabino Noaj Weinberg)
 
Los seres humanos deberíamos darnos cuenta de que nuestro conocimiento es deficiente, nuestra inteligencia incompleta y nuestra sabiduría defectuosa. Y que, por esto, debemos aprovechar cada oportunidad que tenemos para compartir conocimientos, aprender y escuchar comprometidamente.
 
Si bien, nuestra tradición tiene su base fundamental en la Torá, ha continuado desarrollándose y se ha desarrollado en conjunto con el pensamiento filosófico, incluso el más moderno. Esto nos ha ayudado en otras épocas – como la de Maimónides – y también actualmente, a fomentar el aprendizaje compartido entre judíos y no judíos.
 
Es de gran importancia que estemos siempre dispuestos a dialogar sobre el amplio espectro del pensamiento judío, y así involucrar a todos y todas en esta lucha contra la ignorancia, incluida la propia. 
 
Para ello, sólo es necesario encontrar oídos dispuestos a escuchar. 
 
La mayor fortaleza del judaísmo es también su mayor debilidad frente a personas de mente rígida. 
 
Esto se puede advertir después de Pésaj – festividad para la que ahora nos preparamos –  por ejemplo, en la “cuenta del omer” que realizaremos por siete semanas completas y que representa nuestro recorrido por el metódico ascenso desde la ignorancia y egoísmo, propia de la infancia, a una adultez moral y espiritual. 
 
Y así, el judaísmo crece, evoluciona y no se conforma.
Crece y evoluciona con nosotros.
Y nosotros podemos crecer y evolucionar con él.
 
Como dicen nuestros sabios: “Nadie es pobre excepto aquél que carece de conocimientos… Una persona que tiene conocimientos, tiene todo. Una persona que no lo tiene, ¿qué es? Una vez que una persona posee conocimientos, ¿de qué carece? Y si una persona no adquiere conocimientos, ¿qué posee?”. (Nedarim 41a. T.B).
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