Hasta aquí, hemos recorrido junto al libro de Vaikrá, un curioso camino de distinciones: entre lo ritualmente puro e impuro, entre lo apto y lo que no es apto, incluso entre lo adecuado e inadecuado. Todos estos, un reflejo evidente del progreso del pensamiento del pueblo judío: el pueblo que no se conformó con la polaridad “bueno-malo”.
 
Y ahora, en esta parashá, llegamos al clímax de la seguidilla de enseñanzas de fuerte contenido ético y civilizatorio que hemos estado estudiando en parshiot anteriores. El verso clave de kedoshim es: “Santos serán, ya que Santo Soy Yo, vuestro D-s.” (Levítico 19:2)
 
De hecho, todos los mandamientos de esta parashá giran en torno a este llamado, invitación o mandato y están supeditados al mismo. 
 
El tema de la santidad es una cuestión fundamental para el judaísmo, que como veremos, está íntimamente vinculado a la identidad judía misma. En palabras del Rabino Abraham Joshua Heschel z”l: “…el judaísmo no es una cuestión de sangre o de raza, sino una dimensión espiritual de la existencia, una dimensión de santidad”.
 
Frente a este hecho, el judaísmo ha proporcionado – históricamente hablando – más de una respuesta a la pregunta: ¿Qué es la santidad? (Kedushá)
 
Algunos dirán: Alejarse de tal cosa. Otros dirán que ser santo es hacer tal cosa, o no hacer la otra. Y hay una postura predominante, que nos habla de la santidad de la vida cotidiana.
 
Lo cierto es que el pinto diverso libro de Levítico, si bien abunda en detalles minuciosos (sobre el culto sacrificial), pareciera no habernos dicho cosa alguna “en concreto” cuando llegamos a este punto, todas las santidades: del mishkán, de los korbanot, parecen estar profundamente desarrolladas, pero cuando se trata de la santidad en las personas, apenas se nos proporcionan unas orientaciones generales o directrices, donde “ser santo” pareciera equivaler a un catálogo de prohibiciones para “ser lo mejor que podamos” en todas las áreas de nuestra vida, con un fuerte énfasis en nuestra relación con “el otro”, especialmente el que se encuentra en una posición desfavorecida: el pobre, el extranjero, etc.
 
Sin embargo, reducir el tema de la santidad a un “buenismo”, es un camino peligroso, porque significaría que toda persona buena ha respondido al llamado de la santidad o que la santidad es un asunto meramente de actos buenos. Donde no hay espacio al error. Donde no hay espacio al ser humano.
 
El misticismo judío cuestiona esta idea y le da un sentido más espiritual. El Zóhar señalará que: “El que se santifica desde abajo, recibe una santidad desde arriba…” (Tzav 31b), como diciéndonos que la razón de procurar la santidad a través de nuestras acciones, es principalmente con la intención de buscar la complacencia de D-s.
 
Aun así, esta respuesta también nos parece extraña en un mundo no teocéntrico.
 
Volviendo al punto del “buenismo”, donde ser buena persona es suficiente. La filósofa estadounidense Susan Wolf, en su trabajo: “Moral saints” 1982, aborda lo que podríamos entender como los efectos de la santidad o la búsqueda de la santidad en las relaciones interpersonales y por qué estos no son siempre precisamente buenos.
 
Cuestionando el concepto de la “santidad”, tan extendido en el mundo gracias a la influencia del monoteísmo, termina aportándonos – implícitamente – una idea muy interesante: No se trata de querer o no ser santos, sino qué tipo de santo quiero ser.
 
Señala que el “santo moral” es aquella persona, cuya creencia personal lo lleva a asumir la responsabilidad de ser la mejor persona posible. E identifica dos tipos de santos morales: el santo amoroso y el santo racional.
 
El “santo amoroso” es aquel que hace el bien – lo moralmente bueno – porque busca complacer a otros, busca la felicidad de los demás, como haciendo de la felicidad de otros su propia felicidad.
 
Y el “santo racional”, es aquel que hace el bien solamente porque sabe que es lo correcto – lo moralmente bueno – aunque en realidad le cueste hacerlo, no quiera hacerlo, etc.
 
Ambos tipos de santos, según Susan Wolf, son el modelo de santidad que habitualmente las personas siguen.
 
Y respecto de ambos, Susan Wolf afirma que ambos son parte de un ideario que podría generar efectos contraproducentes, porque son prácticamente inalcanzables y la persona, en la obsesión de ser mejor y totalmente pulcra, podría terminar haciéndose mucho daño, o bien, dañando mucho a los demás y esto no es lo más adecuado para una sociedad.
 
Leer a Susan Wolf es interesante, porque volviendo a la parashá Kedoshim, debemos entender que el llamado a la santidad y las directrices que se nos dieron al respecto, se dan en un contexto bastante claro. Dice la Torá: “Habló D-s a Moshé diciendo: Habla a toda la congregación de los hijos de Israel, y diles: Santos serán…”  (19:1-2) 
 
Es decir que, efectivamente el tema de la santidad debe ser funcional a la sociedad, por eso el texto se refiere especialmente “a toda la congregación”. Había que reunir a la sociedad y enseñarle la importancia de la individualidad: cada uno debe ser santo y de la colectividad: serán santos como pueblo, como sociedad. 
 
Es justamente ese uno de los temas que Susan Wolf aborda en “Moral saints”, el límite entre la individualidad y la búsqueda del bien común. Ella plantea que, el ideario del santo moral, que se entrega completamente a la sociedad, incluso en perjuicio propio, traspasa inaceptablemente los límites.
 
Señala que esa es una santidad aburrida, donde el santo moral no puede tener gustos propios, preferencias y vive preocupado de complacer. De consecuencia, tampoco se puede equivocar o mostrar debilidad.
 
Ese modelo de santidad es muy idealista e utópico. Y de consecuencia, aleja a otros que, al advertir las contradicciones del santo moral, se alejan de él.
 
Si bien la Torá pareciera no establecer diferencias entre “santos” en esta parashá,  el resto de la Torá y nuestra tradición en general – exégesis, pensamiento judío, escritos de jasidut, etc – sí parecen recoger ideas al respecto.
 
Primero, porque la Torá nos relata en general historias tan reales y humanas, donde además, ninguno de los personajes parece tener una obsesión siquiera con mencionar el concepto de la santidad. Viven sus vidas cotidianas y si bien procuran el bien, también se equivocan. Los personajes de la Torá están muy lejos de ser perfectos. Lo que se exalta es el equilibrio, al menos, la búsqueda del equilibrio.
 
Segundo, porque son muchas las fuentes que nos hablan de la santidad como algo bastante menos “beato” de lo que suena. Por ejemplo, Rabi Najman de Breslev, en Likutei Etzot, habla de que se puede bailar y beber alcohol para cumplir una mitzvá (mandamiento) y alegrarse.
 
Sin embargo, en Peninei Halajá, una respetada obra de ley judía, se nos dice: “Una persona debe tener la mente clara cuando ora. A diferencia de muchos idólatras que realizan sus rituales usando drogas y alcohol para alcanzar un estado de éxtasis, nuestras peticiones a D-s se logran [sólo] a través de la seriedad y la reflexión profunda. Por eso la Torá ordena a los Kohanim (sacerdotes) que no entren al Templo y realicen el servicio divino mientras estén ebrios (Levítico 10:8-11). Los Jajamim (sabios) extraen de esto que el que está borracho tiene prohibido orar…” (La oración 5:11)
 
Otros dirán, como Rav Abraham Gombiner, recogiendo otras fuentes, que lo anterior aplica sólo para el que está tan ebrio como lo estuvo Lot (Génesis 19:30-38) y la prohibición se extiende solamente a la Amidá (Shmoné Esré). Es decir, que se podría eventualmente rezar estando “moderadamente” ebrio, pero no completamente ebrio y menos en la Gran Oración.
 
Todo este tema del alcohol lo he traído a modo ilustrativo. Como el lector sabrá, este tema marca parte importante de la práctica religiosa de una gran cantidad de personas religiosas – monoteístas – en el mundo. Cristianos Protestantes y musulmanes son reconocidos de hecho por su aversión radical al alcohol.
 
Nosotros en cambio, en este y en otros tantos temas, tenemos una pluralidad de voces y opiniones interesantes, que al coordinarlas, parecen ser todas aristas de un mismo tema: santidad y equilibrio, santidad en el equilibrio, equilibrio en la santidad o bien, que la santidad es el equilibrio.
 
Así, el “santo de la Torá” es aquel que se ocupa tanto de sí mismo, como de los demás. Que no se descuida a sí mismo, sus necesidades, sus intereses, gustos y preferencias en la búsqueda de la santidad. Pero que tampoco las pone egoístamente por sobre todo, a extremo de estar dispuesto a sacrificar el bien común, la vida e integridad de otros, por su propio capricho.
 
Tal vez, la Torá lo explica mejor cuando señala: “Cuando seguéis la cosecha de vuestra tierra, no habrás de concluir de segar el rincón de tu campo, ni habrás de espigar en tu cosecha y tu vid no habrás de rebuscar, ni habrás de recoger los frutos caídos de tu vid. Para el pobre y para el extranjero los habrás de dejar. Yo soy tu D-s.” (19:9-10)
 
La Torá literalmente nos está diciendo que está bien que disfrutemos del fruto de nuestro trabajo y literalmente nos dice “deja un poco para otros”. No dice que dejemos todo. Es un ejemplo práctico de este equilibrio necesario entre el impulso egoístas y el impulso altruista.
 
El “santo de la Torá” es totalmente lo contrario a los “santos morales” que critica Susan Wolf.
 
Rav Janania Pinto, en su obra “Torat David” se pregunta: ¿Podemos alcanzar el nivel de santidad de D-s?
 
Y yo me pregunto ahora, junto a ustedes: ¿Podemos alcanzar el nivel de santidad de la Torá? 
 
Finalmente, dice el midrash que en esta parashá se encuentra מפני שרוב גופי תורה תלויים בה (Mipené sherob gufé Torá teluim ba), el “cuerpo de la Torá”, idea que Rav Jaim de Volozhin, coordinará con el Zóhar en “Néfesh Hajaim” diciendo: “…Y así merecieron alcanzar los secretos del Alma interior (Neshamá) de la sagrada Torá, como está escrito en el Zóhar (Behaaloteja 152a): La Torá tiene un cuerpo… los sabios, servidores del rey supremo, aquellos que se pararon en el Monte Sinaí no están mirando nada más que su Alma (Neshamá), esa es la esencia de toda la Torá, realmente…”
 
Leamos la sección del Zóhar que cita Rav Jaim de Volozhin: “Observen esto: Las vestiduras que lleva un hombre son la parte más visible de él, y la gente insensata al mirar al hombre parece no ver en él más que esas vestiduras. Pero, en verdad, el orgullo de las vestiduras es el cuerpo del hombre, y el orgullo del cuerpo es el alma. De manera análoga, la Torá tiene un cuerpo hecho de los preceptos de la Torá, llamados gufé torá (cuerpos, principios más importantes de la Torá), y ese cuerpo está envuelto en vestiduras hechas de narraciones mundanales. 
 
La gente insensata ve solamente la vestidura, las [meras narraciones]; los que son algo más sabios penetran hasta el cuerpo. Pero los realmente sabios, los servidores del Rey Altísimo, los que estuvieron en el Monte Sinaí, penetran directamente hasta el alma, el principio raíz de todo, o sea, a la Torá real. Y, en el futuro, estos mismos están destinados a penetrar hasta la supra-alma (alma del alma) de la Torá.
 
Desdichados los pecadores que consideran la Torá como meros cuentos mundanales, que sólo ven su vestidura exterior;  bienaventurados son los justos que fijan su mirada en la Torá misma. El vino sólo puede tenerse en una vasija; así, la Torá necesita una vestidura exterior. Esto son los relatos narraciones, pero corresponde que penetremos debajo de ellos.”
 
Que en este Shabat, seamos capaces de “leer profundamente” las directrices de la parashá Kedoshim. Viendo más allá del aparente “catálogo de prohibiciones”, descubriendo no solamente cuánto anhelamos la santidad, sino mucho más importante: ¿Qué tipo de santo quiero ser?
 
Tal vez así podamos encontrar, en la dimensión judía de la santidad de la que hablaba Heschel, nuestra propia dimensión interior y personal de la santidad, nuestros propios puntos de equilibrio, haciendo del “cuerpo de la Torá”, parte de nuestro propio cuerpo. Como decimos cada vez que hacemos las bendiciones posteriores a la lectura de la Torá: “…asher natan lanu torat emet vejaiei olam natá betojeinu” (nos diste la Torá verdadera e implantaste vida eterna dentro de nosotros).
 
Shabat Shalom,
Shabat Shalom umevoraj.

 

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