Mas la tierra no habrá de ser vendida a perpetuidad ya que Mía es la tierra; pues extranjeros y residentes sois vosotros ante Mí.” (Levítico 25:23). 
 
Si la tierra pertenece a D-s, entonces la tierra no puede ser una finalidad, porque todo lo que hacemos en la tierra, sobre la tierra y para la tierra, debe ser algo provisorio, no absoluto, y debe dar cuenta de los imperativos éticos de la Torá.
 
Los judíos y judías que vivimos fuera de la tierra de Israel no compartimos tierra con judíos Israelíes, pero compartimos una misma tradición basada en la Torá y tenemos nuestra propia opinión sobre lo que allí ocurre. 
 
Vivimos distanciados físicamente del conflicto y sabemos que hay experiencias y perspectivas que sólo una vida de residente nos puede otorgar, pero sin lugar a duda es nuestra responsabilidad como judíos plantear nuestras inquietudes y aconsejar.
 
Seamos cautelosos, activos, preocupados y atendamos genuinamente el asunto trayendo al centro de la discusión todas las enseñanzas éticas que nos advierten sobre la arrogancia que sostiene que la tierra es “nuestra”. 
 
No hagamos de la tierra un ídolo, cuando la tierra se convierte en algo último, entonces cualquier acto en su nombre, incluso un acto que niega la humanidad de otras personas, se vuelve aceptable.
 
En última instancia, las decisiones difíciles las tomarán los ciudadanos israelíes, no los judíos que estamos – aún – en la diáspora. 
 
En cualquier caso, es un tema que nos interesa.

En palabras del Rabino Abraham Joshua Heschel: «Ser es más importante que tener. Aunque nos ocupamos de las cosas, vivimos en las acciones. Los paganos exaltan las cosas sagradas, los profetas alaban las acciones sagradas…» (La Tierra es del Señor, 1950)

Shabat Shalom.

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