Quien sale verdaderamente al mundo, sale a Dios”. M. Buber

Nuestra parashá habla sobre el deber de recordar. Entre las duras palabras de Moshé, podemos extraer una lección interesante: Debemos recordar que somos capaces y estamos llamados a hacer nuestra parte para mejorar el mundo y la vida de los demás.
 
Se nos enseña que en el judaísmo, la memoria es un mandato colectivo, tanto en términos de lo que se recuerda y cómo se recuerda. La supervivencia misma de nuestro pueblo depende de la memoria reflexiva.
 
El texto hace alusión al cielo y la tierra, tal vez, intentando mostrarnos el debido equilibrio entre los grandes ideales, representados por el cielo y lo concreto, representado por la Tierra.
 
Existe una forma judía de enfrentar nuestros problemas y calamidades: Y no es preguntando «¿Por qué?» Sino “¿cómo?» Buscando soluciones, como copartícipes de Dios en la obra inacabada de la creación. 
 
Sabemos que los desastres no solamente toman la forma de terremotos, erupciones volcánicas, huracanes y tsunamis. A menudo, nuestros desastres son individuales y personales: enfermedad, dolor, pérdida, abuso, abandono, intolerancia, violencia y soledad. 
 
A veces nuestros desastres son de pequeña escala y otras veces, monumentales. A veces pasan rápidamente; a veces no, pero el mensaje es claro y repetido muchas veces en el judaísmo: Ora como si todo dependiera de Dios; actúa como si todo dependiera de ti.
 
En cualquier caso, nuestro recuerdos son colectivos. Y por el contrario, cuando estamos ocupados sólo con nosotros mismos, estamos abandonando nuestros valores, esos que nos llaman a incluir a los demás. 

La Torá y nuestra tradición nos recuerdan muy a menudo que somos los protectores de nuestros hermanos y hermanas. No debemos ser ciegos a los demás; realmente debemos verlos, debemos reconocerlos y debemos ayudarlos.
 
Así uniremos cielos y tierra, los grandes ideales y valores, con lo concreto, el camino contrario a la indiferencia.


Shabat Shalom.


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