Ester Cohen, Jazanit de la Comunidad Ruaj Ami, Santiago de Chile.


Se han cerrado las puertas del cielo, se ha firmado el libro del juicio y todo vuelve a empezar. Ya incluso desde el uso de las palabras, notamos que cada uno de nosotros tiene una experiencia distinta, una historia que contar y un entendimiento que, necesariamente, debe variar entre una y otra persona.
 
Por ejemplo, las palabras creación, comenzar, hombre y mujer, no tiene para todos, el mismo significado. Lo mismo ocurre respecto a saber si el fruto del árbol del conocimiento del bien y el mal era una manzana, un higo o uvas. A veces, como nos daremos cuenta, asumimos como cierto algo que no necesariamente lo es, porque aquello que desconocemos tratamos de complementarlo con la experiencia de otros o, incluso, con nuestra fantasía. Éste es un buen ejemplo, pues en ninguna parte de la Parashá se menciona cuál es ese fruto.
 
Sin embargo, tenemos un punto de partida.
 
El Kadosh Baruj Hu le permite a Adam nombrar todo lo que hay sobre la Tierra, todo aquello que hay a su vista. Nombrar algo es darle vida en nosotros, darle una realidad. Se transforma en un socio de la creación. En los Iamim Noraim, es a través de la palabra que recibimos el perdón y recibimos vida.  Es, por así decirlo, nuestro Bereshit anual, y es por eso por lo que el ciclo finaliza con la partida de Moshé y una nueva creación. Somos llamados a ser nuevas personas.
 
Siempre tenemos al centro de nuestro Gan Edén el árbol del conocimiento del Bien y el Mal ¿Por qué no comer de él? ¿Qué lo hace prohibido?
 
Dicen que la curiosidad mató al gato. No es nada fácil resistir a la tentación.  Adam y Java podían comer de todo, sin restricción alguna, salvo los frutos de dos árboles: el del conocimiento del bien y el mal, y el de la vida eterna. Sucumben a una frase: “Seréis como Dios”. Eso los decide a dar el paso. Como dice la Parashá “se hacen dueños de lo bueno y de lo malo”.
 
Hacerse dueño de algo es adquirir responsabilidades. No basta con decir “esto es mío”, sino que debe estar acompañado de actos que establezcan relaciones, que nos vinculen. No se trata de una simple posesión, de acumular sin sentido. Ese fruto prohibido no lo está por mantenernos en la ignorancia, sino que para que no nos saltemos pasos en nuestro aprendizaje.
 
Pensemos en tantas fórmulas milagrosas que hoy se nos ofrecen para conseguir la felicidad. Se nos ofrece una larga vida, cuando muchas veces se habla de “matar el tiempo” ¿Para qué nos sirve, entonces, una larga vida? ¿Para qué asumir el ser dioses, si no nos damos cuenta de que ya somos socios en la creación, nombrando, y haciendo?
 
Adam y Java se saltan los pasos, al buscar en el exterior la luz que estaba en su interior. Cuantas veces buscamos el camino fácil cuando, con un poco de esfuerzo, nos daremos cuenta de que la solución siempre ha estado frente a nosotros. Hacernos conscientes no sólo de nuestros actos, sino de nuestro propio ser, es una tarea compleja. Por ejemplo, sólo cuando nos falta el aire nos damos cuenta de la maravilla del respirar.
 
Siempre debiésemos preguntarnos si, estando en su lugar, hubiésemos actuado de forma diferente. Todos los días, al despertar, tenemos nuestro propio Bereshit ¿Somos acaso distintos que Adam y Java cada día? Si nos saltamos la fila, si nos autoengañamos, si creemos que nuestros actos no tienen consecuencias, caemos en la misma tentación de tomar el camino fácil. Con ello, iniciamos el mismo camino de ganar el pan con el sudor de nuestra frente.
 
Una luz muy intensa ciega. La cercanía de los árboles impide ver el bosque. Tomar conciencia es una labor de todos los días. Así como Diógenes, que frente al ofrecimiento de Alejandro Magno de darle todo aquello que le pidiese, sólo le pidió que no le tapase el sol, debemos darnos cuenta de que tenemos la posibilidad de hacernos conscientes que toda posesión es inútil sino desarrollamos vínculos. Si tomamos conciencia que el hacerse dueño en realidad es hacerse responsable, nos daremos cuenta de que no es más rico el que más tiene, sino el que menos necesita.
 
¿Qué necesidad había de inmediatamente ser como Dioses? ¿No es esa misma soberbia la que domina cuando los seres humanos juzgan con poderes de vida y muerte?
 
Hoy, como siempre, tenemos la oportunidad de aprender pacientemente, desde y hacia el amor. Cada vez que despertamos, tenemos nuestro propio Bereshit. Tenemos nuestro propio comienzo. No nos saltemos los pasos. Como decía Erich Fromm en su libro “El arte de amar”, tratemos de recuperar esa inocencia infantil, en que el bebé no piensa en los obstáculos, sino que se pone de pie e intenta caminar. Aceptemos alegremente la dualidad. Bendigamos, al igual que Naomí Shemer, la miel y el aguijón. Tomemos conciencia, sin buscar atajos, y volvamos a ser socios en la creación.
 

Shabat Shalom
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