Ester Cohen, Jazanit de la Comunidad Ruaj Ami, Santiago de Chile.

Génesis 12:1 al 17:27

Estamos en la tercera parashá del libro de Bereshit, que a su vez es el primer libro de la Torá. Podríamos decir que serían los primeros pasos en un largo camino de descubrimientos, de sinsabores y en donde el ser humano ha estado lejos de sus altos destinos, cegado por la soberbia.

Se inicia con la frase “Lej Lejá”, que acostumbramos a ver traducida como “Vete de tu tierra, de tu lugar de nacimiento y de la casa de tu padre, a la tierra que te mostraré», pero en realidad se debería traducir como “vete a ti mismo”. Lo que le ordena a Abram es un viaje de introspección, lo invita a crecer. En su tierra natal no podrá ser quién está llamado a ser. Para ello debe atreverse a salir de su zona de confort.

En realidad, podríamos comparar este mandato con lo que debe hacer un jardinero con una planta. Si la tiene en un macetero, no podrá nunca crecer más allá del mismo. Ahora bien, si se le deja crecer sin cuidados, libremente, tampoco dará de sí todo su potencial. Sin embargo, cuando le dice que parta, el Kadosh Baruju le dice que vaya “a la tierra que le mostrará” ¿Podemos imaginar una incertidumbre más grande que esa?

Cabe entonces preguntarse ¿Qué sentido tiene hacer que un hombre de 75 años deje una vida ya hecha en un viaje que no tiene destino claro?

Hemos visto, anteriormente, que el Ser Humano está llamado a ser un socio en la creación. Crear no es algo sencillo, pues implica dejar algo nuestro, y para ello debemos conocernos. La creación es movimiento. Por ello, se dice que el viajero siempre vuelve, pues en realidad está buscándose a sí mismo.

En esta aventura lo acompañarán su mujer, Sarai, y su sobrino Lot. Él escuchó a Dios. Ellos lo escucharon a él. Sin embargo, si abrimos el corazón, todos podemos escuchar o ver las pequeñas o grandes señales. Todos estamos llamados a ir a nuestro interior, pero tenemos prohibido guardar esa riqueza sólo para nosotros mismos. Nuestra alma, al igual que el agua, si se estanca se pudre. Por eso debemos en todo instante y en todo lugar preocuparnos de estar en movimiento.

Dicen que nuestro nombre nos marca. Abram, con su acto, pasa de ser un “padre excelso” a Abraham, un “padre de multitudes”. Curioso nombre, si recordamos que todavía no tenía hijos. Nuestro destino no está marcado a fuego, podemos cambiar el designio divino con tefilá, teshuvá y tzedaká. Teshuvá significa, literalmente, retorno. Lo que nos enseña esta parashá es precisamente retornar hacia nosotros mismos, hacer ese “lej lejá” todos los días. La tierra, ese destino, se nos mostrará durante el camino.


Shabat Shalom
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