Lo que sea que un judío, varado en la isla más solitaria e inaccesible, todavía considere que es ‘la cuestión judía’, eso, y sólo eso, es todo”. (Moritz Heimann)
 
¿Es la religiosidad judía un recuerdo o una esperanza? ¿Qué es lo que hace que la “nacionalidad” de una persona se convierta en una realidad para su alma y su vida? 
 
Cuando leemos a Abraham presentarse como un “extranjero y residente” – גר ותושב אנכי – ( 23:4) ¿a qué se quería referir?
 
Una visión universalista y espiritual, que se ubicaría más acorde con el “ciclo de Abraham”, nos muestra inevitablemente confrontados con la elección entre el mundo que nos rodea y el mundo dentro de nosotros mismos, lo que sería – en el texto – la vida interior de Abraham y sus relaciones interpersonales, su salida al mundo que lo rodea; entre el mundo de las impresiones y el mundo de la sustancia; entre el recuerdo de nuestras vidas y el recuerdo de milenios; entre los objetivos de la sociedad y la tarea de liberar nuestro propio potencial.
 
La elección no significa que uno deba expulsar o renunciar a uno u otro. Tal vez esta es la razón de la aparente contradicción de presentarse como extranjero y residente a la vez.
 
Por otra parte, necesitamos ser conscientes del hecho de que somos los descendientes de muchas culturas, tal vez más que cualquier otro pueblo. 

Sin embargo, no queremos ser esclavos de esta “mezcla”. Elegir significa decidir qué debe tener preponderancia. Como Abraham, que frente a la contradicción elige seguir siendo él mismo, mientras reclama derechos frente a quienes lo ven solamente como un extranjero.
 
El texto nos presenta un desafío bastante lógico, para un pueblo que tiene un patriarca nómade, un patriarca que no está tan familiarizado con las ideas patrióticas, ni con las banderas o himnos nacionales, como con lo que considera verdaderamente importante: su legado ético.
 
Quien, ante la elección entre ambiente y sustancia, se decida por la sustancia, tendrá que ser en lo sucesivo un verdadero judío desde dentro, para vivir como judío con toda la contradicción que eso pueda acarrear, toda la tragedia y toda la promesa futura de su herencia.
 
Lo realmente importante no es nuestro credo, ni nuestra adhesión a una idea o un movimiento, sino que captemos nuestra propia verdad.
 
Abraham capta su propia verdad y se “define” – porque así lo exige el medio – muy alejado de lo que algunos piensan actualmente que implica definirse. Se define como opuestos: soy y no soy, pero…
 
¿Quiénes somos? ¿Cómo nos relacionamos con el mundo que nos rodea? ¿Cómo queremos ser vistos? ¿Qué implica para nosotros ser judíos? ¿Hay sólo una forma de serlo? ¿Hasta qué punto estamos dispuestos a “definirnos”?
 
En suma, descubrirnos, más allá de lo que las enciclopedias y la academia digan sobre nosotros, o de lo que diga el acuerdo mayoritario de la sociedad judía actual. Y este es un desafío que la fuerza de las circunstancias nos obligará a tomar, en algún momento.
 
El proceso interior se afianza en el encuentro con otros, en nuestras relaciones con una sociedad en la que habitualmente somos minoría. Es ahí donde tenemos la oportunidad de descubrir verdaderamente cómo responder a esas preguntas con honestidad.
 
Un patriarca sedentario, patriota, rodeado solamente de personas que viven y piensan exactamente igual que él, jamás habría tenido este desafío.

Indudablemente, el desafío sigue estando estando fuera de nuestras comunidades.

 
Shabat Shalom.
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