Parashá Ajarei Mot-Kedoshim: «Hablemos sobre la santidad…»

(Levítico 16:1 al 20:27)


Si hay algo como “un llamado a la santidad” en esta Parashá. Entonces, ¿cómo contestamos?


El texto nos hace la invitación a todos: “Habló Dios a Moshé diciendo: Habla a toda la congregación de los hijos de Israel, y diles: Consagrados habréis de ser, ya que Santo Soy Yo…” (Levítico 19:1-2)


En Or Hajaim (Jaim Ibn Attar, s. XVIII) encontramos una lectura sobre el alcance de este mensaje: “…hasta ahora Moshé no había enseñado los mandamientos directamente a las mujeres, sino que sólo había hablado a los hombres, incluso cuando se dirigía a la gente en general. En este caso, Dios ordenó a Moshé que hablara directamente también a las mujeres e incluso a los niños. Iban a alinearse tal como se habían alineado en la revelación del Monte Sinaí.”

 

En esta opinión, la invitación tiene entonces una dimensión tanto única como inclusiva, ahora bien ¿qué hay de la respuesta?


Hay quienes ven esta invitación como algo positivo: Sé santo. De hecho, en la misma fuente ya citada se nos dice: “Creo que la Torá quería añadir un mandamiento positivo como corolario a la cadena de mandamientos negativos que acabamos de leer en el capítulo 18.”


Ser santo en esta opinión, pareciera trascender el sentido de lo prohibido. Aquí, ser y hacer parecen estar en armonía… aunque no nos quede del todo claro cómo lograrlo.


Otros, sin embargo, ven en este llamado una idea de restricción. Para Rashi por ejemplo (s.XI), ser santo consistía mera y puntualmente en abstenerse de las prohibiciones del capítulo 18. Ni más ni menos.


Esta idea parece evolucionar y así lo leemos en Tur Aaroj (Rabi Iacob Ben Asher, s. XIII), cuando afirma: “…la santidad, si se aspira, es posible imponiéndose restricciones y no considerando todo lo que no ha sido expresamente prohibido como permitido, sino entrenarse para ser moderado en el disfrute de las atracciones materiales que el mundo tiene para ofrecer.” Es decir, que no soy santo sólo en la medida que me abstengo de lo expresamente prohibido, sino absteniéndome incluso de aquello que no lo está, pero de todas formas podría resultar «inadecuado».


Frente a todas estas ideas y respuestas, es válido y necesario preguntarse: ¿Cómo responderemos nosotros?


Y es que, en estas palabras se esconde una doble dimensión: por una parte, es una invitación evidentemente colectiva. Pero por otra, la respuesta nunca deja de ser personal.

 

¿Qué respondo? ¿Esta invitación tiene que ver con el ser, con el hacer, con el no hacer lo prohibido, con no hacer incluso lo que no está expresamente prohibido…?

 

¡Cuántas respuestas diferentes podemos encontrar en nuestras fuentes! Todas estas respuestas son una consecuencia natural de la inclusión: Un concierto de respuestas frente a la armonía unísona de una sola llamada.


Y al respecto, pienso que no hay respuestas incorrectas, lo importante es valorar su autenticidad. Y lo será, en la medida en que nos reconocemos como un “otro”.


Hay un comentario de la Rabá Marina Yergin (sobre el comentario de Etz Jaim), en el que plantea: “…¿Qué es la santidad? El término se puede aplicar a Dios, a la gente buena, a un libro, a un período de tiempo o a un animal que se ofrece como sacrificio. Ser santo es ser diferente, ser apartado de lo ordinario. Lo contrario de santo (kadosh) es ordinario (jol). Ser santo es levantarse para participar en alguna medida de las cualidades especiales de Dios, la fuente de la santidad. La santidad es el nivel más alto de comportamiento humano, los seres humanos en su forma más divina.”


Tal vez, la mejor forma de partir, es por reconocernos humanos, reconociendo en nosotros lo que nos distingue de las demás especies: nuestra capacidad de razonar y nuestra libertad de elegir. Luego, en la medida en que humanicemos nuestras acciones y, conscientes de nuestra falibilidad, asumamos el desafío de ser y actuar distinto, podremos acercarnos un poco más al descubrimiento constante de la santidad. Y así, formular nuestra propia respuesta.


En palabras de Rav. Samsom Hirsch, la santidad existe: “…cuando un ser humano moralmente libre, tiene un dominio completo sobre sus propias energías e inclinaciones y las tentaciones asociadas con ellas, y las coloca (su energía) al servicio de la voluntad de Dios«.


Esto suena lindo, pero en la práctica es un tanto difícil de hacer o lograr y requiere voluntad, además de un presupuesto base: debo reconocer quién soy y descubrir quién quiero ser.


Es un ejercicio bastante más profundo que fijarse en un catálogo de prohibiciones, mucho más amplio que nuestros estrechos extremismos, tras los cuales nos desviamos y buscamos evadirnos. Nos evoca las ideas de honestidad, autoconocimiento, equilibrio, libre examen, etc.


¿Qué es la santidad? ¿Y a qué se nos invita con este llamado?


Que tengamos la bendición de descubrirlo en nuestros desafíos diarios.

 

Shabat Shalom.