Parashá Devarim: «Estudio y más estudio.»


La Torá – como documento – contiene la historia sagrada de nuestro pueblo. En ella se nos relatan los difíciles desafíos temporales y espirituales que experimentamos en alguna época. Y más allá de su historicidad, la estudiamos porque la forma en que el pueblo y su líder van respondiendo a esos desafíos en el relato, nos sirve de inspiración hasta el día de hoy.
 
Ahora bien, la intención en particular por la que se construye el texto no es fácil de dilucidar. Tampoco se podría afirmar con ligereza que hay una “conciencia” en el texto sobre esos procesos que eventualmente tiene que atravesar cada “pueblo en formación” y menos que esa realidad le sirva de inspiración, acaso de sustento. Sin embargo, el fenómeno existe y tanto Roma como Grecia tendrá su propia historia no histórica, que los vincule con divinidades y destinos trascedentes, intentando explicar un origen y destino en común.
 
Pensemos en algunas de las características más relevantes de ese pueblo que figura como nuestro antepasado en el relato de nuestra historia sagrada: eran nómades, ahí tenemos un primer problema, porque los nómades no construyen, entonces hay una parte de nuestra historia que evidente y literalmente “se quedó en el desierto”. El texto además tiene un fuerte sentido tribal – que algunos llaman “nacional”, idea que es demasiado próxima a nosotros como para haber estado en la mente del hombre varios siglos antes de la era común – sin embargo, leemos sobre la organización en tribus, antes de asentarse y naturalmente al asentarse, con repartición de territorio incluido. 
 
Este estilo de vida tribal, nómade, que al final del relato se establece en un lugar, iniciando con ello una nueva etapa de desarrollo – que luego continúa en la gran “saga” de Israel – como sabemos, llegando a ser una monarquía. Va experimentando ciertas necesidades y va descubriendo y generando respuestas.
 
Una necesidad será asegurar la existencia. Una respuesta a esta necesidad, será procurar la unidad. Y el texto dirá que por algunos momentos de ese pasado nuestro pueblo ha estado a la altura de sus propios ideales, el llamado a la unidad, nuestra fe y la acción. Pero que en otros tiempos y períodos de la historia, el pueblo sólo logró aferrarse a las manifestaciones externas de lo que podríamos llamar actualmente “la práctica judía”.
 
Este ideario de unidad se esconde tanto en aspectos meramente literarios del texto, como en las leyes y preceptos que contiene, particularmente – en este libro – cuando se nos habla de la unificación del lugar de culto. Es un ideario que va impregnando el relato, cada área de la vida del pueblo. Si para nuestra subsistencia es necesaria la unidad, entonces necesitamos que nuestra forma de vivir esté construida de una manera que la favorezca… incluso si eso implica hacer una reforma religiosa, ya que, como podemos inferir del texto, antes de este último libro, dentro de los libros anteriores, la Torá nos muestra múltiples altares privados, con ceremonias celebradas incluso por quienes según Devarim no deben. Sin embargo, este no es el tema de este comentario.
 
Quisiera detenerme ahora en esto de la reforma o renovación religiosa, que tienda a un valor.
 
Para Martin Buber: “la renovación del judaísmo significa la renovación de la religiosidad judía”. Y en cualquier caso, Buber realiza una distinción entre religión y religiosidad. Para él, la religiosidad es el anhelo espiritual activo y creativo: “la voluntad de realizar lo incondicionado a través de la acción”. Y la religión es el cúmulo de leyes y costumbres que surgen de la religiosidad en un momento dado: “La religiosidad es lo creativo, la religión el principio organizador…La religión significa preservación, religiosidad y renovación”. 
 
Así, Buber no consideró que la ley judía fuera la esencia del judaísmo, sino solo el subproducto de su religiosidad. Las leyes de Moshé, las costumbres del servicio del Templo, la ley rabínica posterior, estas son religión y simplemente formas. 
 
Cada uno reflejó el espíritu y las necesidades de su propio tiempo, pero no se puede reclamar una autoridad presente únicamente sobre el peso de la tradición. Por el contrario, la verdadera religiosidad siempre es actual y busca, o nos pide incondicionalidad, como se escucha principalmente en las voces de los profetas y místicos.
 
La mayoría de nosotros conocemos la historia del rabino Hillel, quien cuando un pagano le pidió que enseñara la Torá mientras estaba parado sobre un pie, respondió: «Ama a tu prójimo como a ti mismo, el resto es comentario», pero no siempre recordamos lo que dijo a continuación: “Ahora ve y estudia”. 
 
Renovarse es fundamental para la continuidad, pero debe tener un sentido. Al menos debería tenerse a la vista una justificación valórica que convierta a los cambios en funcionales para algo en concreto, para algo que asegure continuidad, pero que se “entronque” en cierta forma con la historia sagrada del texto y con los sabios o eruditos de la generación pasada, etc. 
 
El desafío no es fácil. Lamentablemente, lo único fácil es olvidar el estudio, la necesidad de construir y justificar respuestas, cuando el afán es sólo reformar porque sí.
 
Sólo por poner un ejemplo, no se trata de modificar la liturgia para que suene, se vea o se sienta más divertida “porque sí”. Una cosa tal, tan superflua, no puede ser considerada reforma religiosa, porque no apunta a valor alguno, ni podría tener la osadía de anhelar trascender.
 
El entusiasmo, por bueno que sea, sin una base sólida en los estudios judaicos, es una cabeza hueca.  Es ese mundo de las meras buenas intenciones, en el que ni Moshé, ni nadie, podrían haber sacado adelante a un pueblo nómade, para convertirlo en proyecto civilizatorio.
 
Es cierto que en algunos puntos de la historia religiosa, la necesidad de entusiasmo es primordial. Pero sólo cuando ese entusiasmo se transforma en un compromiso serio y constante, como ahora, que estudiaremos el libro en el que se nos repite la Torá, como dándonos a entender – no tan discretamente – que debemos volver al texto de tiempo en tiempo, que necesitamos estudiarlo y repasarlo.

Como reflexión final, conscientes de que esto que llamamos judaísmo tiene muchos maestros y muchos libros, una biblioteca que podría ser interminable de hecho, ¿cómo podemos encontrar estudiantes motivados, especialmente hoy cuando nuestra sociedad pluralista ofrece a los buscadores un supermercado espiritual, desde la astrología y el budismo hasta el hinduismo, el sufismo, el yoga y el zen? ¿Dónde podríamos encontrarnos, para seguir construyendo nuestra unidad y fundamento de nuestra supervivencia?
 
Los primeros discursos de Buber inspiraron a una generación de judíos alemanes y de habla alemana a identificarse con el pueblo judío y mantenerse inspirados para ser inspiración, única forma de transmitir el judaísmo de una generación a otra, que es algo distinto y mucho más relevante que “transmitir la judeidad”.
 
Devarim nos muestra en profundidad, las complejas reflexiones de reforma, basados en principios, que Moshé y el pueblo deben adoptar de cara al futuro. Que podamos estar a la altura nosotros también, identificando las dificultades, buscando respuestas que se sustenten en valores y estudio serio.
 
De otra forma, no estamos cumpliendo con nuestra parte. Y cualquier esfuerzo por reemplazar este proceso consciente, serio y profundo de enfrentar el presente y mirar al futuro, con entretención, distracción o lo que sea, es altamente probable que no prospere. Ejemplos de esto hemos tenido en nuestra historia y no está de más recordarlo de tiempo en tiempo.
 
Cuando se trata de decidir sobre el destino y futuro de un pueblo milenario, la respuesta nunca puede ser menos compleja o más superficial. Salvo que no tengamos verdadera conciencia sobre lo que implica ser un pueblo milenario.
 

Shabat Shalom.