Parashá Itró: «La dimensión ética de la religión.»


 
Al cierre de esta parashá, encontramos los עשרת הדיברות, las diez afirmaciones, conocidas más habitualmente como «los diez mandamientos». Y este número llama la atención, puesto que el texto nos presentó recientemente las diez plagas de Egipto. 
 
Esta coincidencia de números siempre me hace pensar en una especie de “paralelo” entre lo que representa Egipto e Israel en el relato: un mundo sin ética y el ideal de un mundo con ética, respectivamente.
 
Nuestra tradición siempre ha considerado de gran relevancia los aseret hadibrot, de hecho, se ha dicho que constituyen “la esencia del Shemá” (T.I Brajot 9b). En otras palabras, están intrínsecamente relacionados con lo que algunos llaman «la declaración central de fe judía». 
 
Algunos exégetas distinguen, en la “estructura” de los aseret hadibrot – o decálogo –dos clases de preceptos, a saber: מצוות שבין אדם למקום «mitzvot sheben adam lemakom» – los deberes y obligaciones de una persona en su relación con Dios, y מצוות שבין אדם לחברו «mitzvot sheben adam lejaveró» – los deberes y obligaciones en las relaciones entre personas. Esta idea parece haber sido recogida de la Mishná (Yomá 8:9), donde se señala que en el día de Kippur, Dios puede perdonarnos por los pecados que se cometen en su contra, por los incumplimientos de carácter estrictamente ritual o religioso, pero en ningún caso por lo que hayamos hecho en contra de nuestro prójimo.
 
De todas formas, como tendremos tiempo de estudiar en profundidad el contenido de los diez mandamientos durante Shavuot y como todavía falta mucho para Kippur, tomaré estas fuentes y esta idea sobre la estructura de los diez mandamientos, para continuar con el paralelo que he planteado inicialmente.
 
En primer lugar, quisiera señalar que ambos pueblos tienen, según el relato, una gran devoción por la religión. Eso está más o menos claro. Pero aparentemente, Israel, como nuevo proyecto civilizatorio, estaba descubriendo un nuevo estándar ético entorno al tema: no basta con ser religiosos, los asuntos religiosos deben tener también una dimensión ética.
 
Tal vez, los Egipcios pensaban que con ser extremadamente religiosos suplían en cierta forma todo lo que de ellos como sociedad se esperaba. Ninguna persona con un mínimo de conocimiento sobre egiptología podría negar que la cultura Egipcia era profundamente religiosa.
 
¿Pero qué pasaba con las relaciones interpersonales? ¿Cómo se puede lidiar con la evidente contradicción entre ser una persona religiosa y ser deliberadamente malvado?
 
El Midrash señala que los hebreos se distinguieron de los Egipcios en varias formas, una de las más significativas era que practicaban la bondad entre sí y tenían la capacidad de sentir compasión y empatía los unos por los otros.
 
En Shemot Rabá 1:23, se nos muestra a un Moshé plenamente consciente del sufrimiento de su gente. Moshé enfrentaba la realidad desde la sensibilidad, mientras que Paró eligió endurecerse. Ambos religiosos, ambos con un sistema de creencias, pero uno sensible y el otro no.
 
Este paralelismo entre Egipto e Israel está muy presente en nuestras fuentes. Y como vemos, se advierte claramente al comparar a Paró con Moshé. A modo de ejemplo, el mismo Midrash citado anteriormente nos dirá que mientras Paró no daba descanso a los esclavos, Moshé en cambio instituirá el día de reposo, el Shabat, etc.   
 
En el relato, Moshé encarna los anhelos de quienes se sienten parte de este nuevo proyecto civilizatorio llamado “Israel”, que viene a aportar un auténtico nuevo paradigma y que en adelante se erguirá pujante, para demostrar que existe otra forma de hacer las cosas, que las personas y los pueblos pueden y deben ingresar en una conciencia renovada, una apertura honesta hacia la dimensión ética de la vida y también de la religión.
 
Para ello, no bastaba solamente con crear una nueva religión para un nuevo pueblo, o perfilar a los y las Israelitas como personas muy religiosas. Definitivamente esto no habría sido suficiente.
 
Como dijimos anteriormente, los aseret hadibrot son la esencia del Shemá Israel. Y como sabemos, con la lectura o recitación del Shemá proclamamos la unicidad de Dios. Los “diez mandamientos” están vinculados a la idea de la unicidad. Se hacen partícipes de ella, cuando unifican dos aspectos fundamentales que – según nuestra tradición – deben estar vinculados íntimamente: nuestros deberes religiosos y nuestros deberes con la sociedad.
 
Podríamos decir que esta búsqueda de equilibrio pertenece a la esencia misma de la fe judía. No todo es rezo, pero podemos rezar y hacer activismo paralelamente, por ejemplo. Y esto cobra más sentido cuando entendemos que las fuentes no nos proponen el Shemá Israel como una oración precisamente.
 
El punto ahora es cómo construir un discurso y prácticas más o menos coherentes. Tenemos un camino recorrido que nos ha ido dejando cierto grado de certeza: las prácticas religiosas – por sí solas – no me convierten automáticamente en mejor persona.
 
Los aseret hadibrot nos recuerdan que hablar de Judaísmo no es solamente un asunto de rituales, velas y plegarias. No es un estilo de vida meramente contemplativa, tampoco es un museo en el tiempo. Y esto nos plantea nuevos desafíos todo el tiempo. 
 
Como escuché decir a un Rabino en cierta ocasión, en referencia a la kashrutOjalá sea también (tema) central, cuidar al que menos tiene.” Entendiendo que nuestra responsabilidad en asuntos alimenticios va más allá de rechazar el cerdo y otros alimentos. Si vamos a hablar de alimentación, entonces que también incluya imitar a Dios, el cual “…da sustento a todos, porque su misericordia es infinita.” (T. 136:25)
 
En un brillante discurso público para una conferencia titulada: “Religión y raza”, celebrada en Chicago (1963) organizada por una institución interreligiosa, el Rabino Abraham Joshua Heschel z”l – condenando el racismo – señaló enérgicamente: “No es posible adorar a Dios y al mismo tiempo, ver al hombre como a un caballo (…) La reverencia a Dios se manifiesta en la reverencia al ser humano (…) La arrogancia hacia el ser humano es blasfemia hacia Dios.”
 
Esta deshumanización que el Rabino Heschel denuncia en su discurso, es lo mismo que nuestros textos sagrados le reprochan a Paró. ¿Por qué dejó de ver la realidad? ¿Por qué dejó de reconocer a los hebreos como humanos? ¿En qué momento y con qué derecho, excluyó del género humano – a su arbitrio – a los esclavos?
 
Fiel a su estilo, Heschel – siendo una persona religiosa – cuestiona los liderazgos religiosos de su época, hace una honesta auto crítica y también increpa, se enfrenta a la pasividad de los que se encerraron en el templo. Y sin abandonar su propio templo, ni sus propios momentos sagrados, identifica que hay un desafío importante fuera de los templos. Y corre a enfrentarlo, mientras pareciera aclarar que el problema no es la religión, sino la forma de abordarla. 
 
Por eso, señalará también en su obra, que debemos tener la capacidad de redescubrir aquellas preguntas para las cuales la religión podría dar alguna respuesta. En suma, la religión, las ideas religiosas y los sentimientos religiosos, por sí mismos, no son suficientes.
 
Piensen qué pasaría hoy si como judíos decidimos restarnos de la causa de los pobres, de la causa de las mujeres, de la lucha por los DDHH. ¿Para qué serviría eso que llamamos religión
 
La verdad es que en este actual escenario mundial, que a ratos me resulta tan “Egipcio”, no me sorprende en lo absoluto los sentimientos de distancia e incluso aversión que algunos sienten por la religión. El mensaje de solidaridad, empatía y responsabilidad por el otro, que proviene de nuestras fuentes es cada vez más impopular en esta era individualista y consumista.
 
La pregunta de los que sufren ya no es: ¿Dónde estaba Dios cuando…?, sino más dramático y conmovedor todavía: ¿Dónde están los religiosos? ¿Dónde están los que hablan tanto de lo sagrado y lo santo?
 
Paró se auto percibía como un dios, estaba rodeado de religión todo el tiempo, en una sociedad cargada de simbolismos, una religión rica en secretos sobre vidas futuras, que había desarrollado respuestas complejas – para su época – a preguntas sobre el destino trascendente del hombre. Construyendo además todo un culto, lleno de complejos rituales y ceremonias. 
 
El relato nos mostró un Faraón rodeado de sacerdotes, magos y toda clase de sabios y entendidos en asuntos temporales y mágicos. Un Faraón que tal vez creía que su corazón sería pesado en un juicio póstumo. Y aún así, decidió tornarlo más pesado.
 
¿De qué sirve lo que pienso, lo que sé o lo que creo, si no ajusto mi conducta en aras de la coherencia? ¿De qué sirve el pensamiento religioso en una sociedad que tiene esclavos, que deshumaniza al otro, que incurre en todo tipo de prácticas racistas, discriminatorias y vejatorias? ¿Acaso sirve como un simple y vulgar velo, para cubrir aberraciones como el genocidio? No sería la primera ni la última vez que la religión es utilizada como sedante en la historia de la humanidad. ¿Eso estaba invitado a ser Israel?
 
Por otro lado, el punto tampoco es fomentar una aversión a la religión “porque sí”. Pero no podemos desconocer la realidad: que una persona puede ser perfectamente “buena” sin practicar religión alguna.
 
El desafío es para quienes sí somos “practicantes”, habiendo decidido libremente serlo. ¿Cómo contribuimos nosotros a la construcción de una mejor sociedad y de un mejor futuro? ¿Cómo marcamos la diferencia?
 
Nuestros ideales sobre el futuro, sean o no de carácter religioso, deben estar marcados por un compromiso ético sólido, lo cual requiere – como base – la resolución y voluntad personal de cada persona, voluntades que deberán interactuar y converger, naturalmente, en algún momento, en un conjunto de voluntades. Y cómo no, si toda sociedad se compone de individuos.
 
Sin esta convergencia de voluntades entorno a valores comunes, ningún proyecto civilizatorio puede prosperar.
 
Históricamente, los judíos hemos sabido responder a esta invitación a la “convergencia”, dada nuestra característica apertura y tolerancia a las más diversas visiones y reflexiones. Hoy en día, a esta respuesta se le dan muchos nombres: construir un judaísmo inclusivo, resignificar un judaísmo para el siglo XXI, reflexionar sobre qué es ser judío en esta época, etc. Y todo consiste básicamente en lo mismo, en la búsqueda constante del equilibrio entre los Templos y “la vida real”. Ejercicio que – dicho sea de paso-, aparentemente nunca hizo Paró y muchos todavía no hacen.
 
Asumir estos desafíos, personal y colectivamente, tanto dentro como fuera de la colectividad judía, resulta clave en estos tiempos, cuando atravesamos una crisis civilizatoria solemne, donde se tendrá que agregar una “tercera relación” a la categoría de preceptos: la relación “hombre-medioambiente.” 
 
Elementos para construir las respuestas que nuestra época demanda, desde nuestra tradición, hay de sobra. Pero tal vez nos está faltando voluntad y valentía. Sigue siendo más fácil esconderse en el sidur y en la comodidad de los lugares de oración.
 
En nuestros días, se está haciendo mucho por la construcción de puentes entre el “templo” y la calle. De seguro es mucho más que en otras épocas. Pero de todas formas, es mucho menos de lo que podríamos estar haciendo.
 
Que nuestra generación tenga el mérito de mostrar la disposición adecuada, para que nuestro legado pueda continuar siendo mucho más que ritos y plegarias.


 
Shabat Shalom,
Shabat Shalom umevoraj.