Parashá Jukat: «Liderazgos a la altura de los desafíos.»

Posiblemente, el estudiante de Torá esté familiarizado con algunas ideas sumamente difundidas en el mundo judío en lo que refiere a la relación entre los Israelitas y Moshé, su líder. Personalmente he escuchado afirmar cosas como: “Es un pueblo muy quejumbroso…”, como si fuera una característica distintiva, que lo hace particular o como si esta característica fuera relevante en la historia. Yo también he repetido ese tipo de frases. Sin embargo, en esta semana me pregunté – por primera vez – ¿Por qué?
 
¿Qué sería interesante o relevante que un pueblo tenga quejas en contra de su líder? ¿No somos todavía así? ¿No son así, o son susceptibles de serlo, todos los grupos, comunidades y sociedades? ¿Qué dice la psicología social al respecto? ¿Será cierto que es algo así como una característica propia del pueblo en el relato y una característica propia de la colectividad judía?
 
En el capítulo 20 del libro de Bamidbar, la Torá nos relata el episodio de Moshé y la roca. El pueblo se queja de que falta agua, D-s le dice a Moshé que hable a una roca para que de ella fluya agua y el pueblo pueda beber. Sin embargo, Moshé golpea la roca. Posteriormente, D-s se enoja con Moshé y Aarón.
 
La exégesis en general presentará posturas diversas al respecto. Habrá quien defienda que la instrucción fue golpear la roca y que Moshé no cometió error. Y habrá otros exégetas, como Jizkuni, que señalarán que Moshé entendió mal la instrucción de D-s porque estaba enojado.
 
Podríamos eventualmente entender a Moshé, si seguimos la historia con una perspectiva cronológica, no sólo venía saliendo de la rebelión de Koraj, sino además había perdido recientemente a su hermana Miriam. Si pensamos por un momento en el hombre detrás del líder, no nos resulta difícil llegar a entender que Moshé posiblemente se haya sentido irritable, hasta experimentar finalmente ira o enojo. 
 
En su célebre traducción del Jumash, el Rabino Edery recoge una interpretación de Sahadia Gaón, en la cual, el error de Moshé fue no entender el motivo de reunir a la gente. Supuestamente, la intención era reunirlos para animarlos y proveerles agua, sin embargo, el texto de la Torá nos muestra una especie de reprimenda: “¡Escuchen ahora rebeldes!” (20:10)
 
En esta línea, lo que D-s esperaba de Moshé era – tal vez – que actuara como un líder amoroso y comprensivo, que reúne, alienta e inspira. Un tipo de liderazgo religioso que, lamentablemente, ha sido muy poco practicado en la historia. Sobre esto tuve oportunidad de conversar en el estudio semanal de la Parashá que realizamos en la Comunidad de Judaísmo.cl, allí sugería reflexionar sobre los liderazgos religiosos y sobre cómo se han ocupado los púlpitos y los espacios de estudios religiosos para atacar o referirse en malos términos a otras personas, incluso a los congregantes. A veces no basta con convocar gente y reunirla, el tema es ¿para qué las convocamos? ¿Somos aliento e inspiración para los que responden a nuestra invitación?
 
Retomando la línea que intenta comprender a Moshé, quisiera decir que es cierto que los líderes religiosos son sólo humanos, como tal, falibles y que no se puede esperar que actúen como se espera todo el tiempo. Sin embargo, este relato y esta lectura que estamos haciendo, nos permite reflexionar sobre lo importante que es ejercer liderazgos responsables, independientemente de las situaciones que afrontemos en la vida personal. No se trata de ser perfectos, sino de estar a la altura.
 
Ahora bien, dejando de lado este análisis sobre el liderazgo de Moshé en esta situación y retomando las preguntas iniciales, en el versículo 3 de este capítulo, la Torá utiliza la palabra רִיב (rib), un vocablo que evoca la idea de disputa, conflicto, pelea o queja. ¿Cómo nos hacemos cargo de la imagen de un pueblo completo quejándose?
 
En un trabajo titulado: “Los grupos y la queja” (2009), Ana Pampliega de Quiroga, una psicóloga social Argentina, aborda con naturalidad el fenómeno de la queja en el contexto de los ámbitos grupales. Al respecto señala: “El término queja es multívoco, y por lo tanto equívoco… una conducta estereotipada, una manera congelada de tramitar el malestar en un vínculo o en una red grupal.” 
 
O sea, en modo simple, la queja puede ocurrir porque es normal que ocurra. Nada fuera de lo normal en el relato de la Torá. Ahora bien, por alguna razón que desconozco y que no es el tema del trabajo de la autora, hemos internalizado un discurso anti quejas. No son pocas las veces que he escuchado, en grupos dentro y fuera de la colectividad, frases como: “Esta gente se queja por todo”. Hay de hecho un positivismo tóxico que invita a ver el vaso medio lleno y formular sólo «críticas constructivas». 
 
Entiendo que quienes difunden esos discursos se sienten más cómodos liderando cuando no hay queja o crítica. Lamentablemente, les tengo una mala noticia: quejas van a tener siempre. Y al igual que Moshé, se espera que estemos a la altura. El problema parece ser que, el riesgo de no estar a la altura es bastante alto.
 
La autora aporta algunas nociones que hacen comprensible la queja, es decir, no sólo es una realidad y hay que sobrellevarla porque como tal existe y no podemos hacer nada para erradicarla. En la queja encontramos: “…señales de impotencia, desesperanza y resignación, cuando no de sometimiento.”
 
A este nivel de comprensión se acercó Jizkuni cuando señala que a diferencia de otras oportunidades, ahora el pueblo tenía razones para quejarse. Acusan no tener agua, porque efectivamente no la tenían. Era una queja fundada, había razones para sentir todo aquello que la queja encierra.
 
¿Y nosotros? ¿Nos mostramos comprensivos con los sentimientos de una persona o grupo de personas que se quejan?
 
En mi opinión, plantearse estas preguntas es sumamente importante, puesto que en la vida comunitaria no basta con decirle a los demás que no se quejen, por lo demás, minimizar las quejas de otro me parece algo inadecuado.
 
Finalmente, otro camino que me parece impropio para un liderazgo religioso saludable y adecuado, es simplemente enojarse frente a la queja. Hacerlo, supone un acto de egoísmo y egocentrismo inadmisible, en el que se antepone el deseo propio de no escuchar quejas – insisto – por lo cómodo que es liderar silenciándolas e invisibilizándolas, por sobre los sentimientos que encierra la queja y que afectan a quien o quienes las profieren. Es desatender la desesperación, preocupación y ansiedad de una comunidad de personas, por el capricho personal de simular que todo está bien, que estamos haciendo todo bien y que no hay espacio a críticas.
 
Amigos y amigas, reflexionar sobre la calidad de los liderazgos religiosos en la Comunidad Judía es un tema actual y sumamente necesario. A modo de conclusión, es importante recordar que no estamos ajenos al error, al culto a la personalidad, a las ideas sectarias, etc.
 
En el relato que estudiamos esta semana, D-s es particularmente implacable con Moshé y Aarón. Y esta severidad del relato nos permite reflexionar a nosotros hoy sobre la responsabilidad de ser líderes y sobre cuánta responsabilidad, madurez y sensibilidad se necesita para ejercer nuestros liderazgos.

No es cierto que la queja es un fenómeno propio del pueblo de Israel en la Torá. Tampoco es cierto que «los judíos somos así». Todos los grupos de personas son así y tener una visión negativa y casi «criminalizadora» de la queja, no parece adecuado. Antes bien, mucho me parece que enseñar que la queja es mala, es un discurso acomodaticio que busca imponer un nivel de sumisión que la Torá no pide. Por el contrario, la Torá en este relato parece comprender perfectamente la queja, invitando a los líderes de hoy para que también la comprendan y acojan como lo que es: algo absolutamente normal.
 
Que podamos esforzarnos por estar a la altura, en empatía, comprensión, capacidad de diálogo y también en la capacidad de inspirar a otros.

 
Shabat Shalom,
Shabat Shalom umavoraj.