Parashá Koraj: «Nihil novum sub sole…»

El repetitivo tema de la insatisfacción del pueblo de Israel, de su permanente queja, de su cerviz tiesa, sigue apareciendo en esta parashá: “No es suficiente que nos hayas hecho salir de una tierra que fluye leche y miel para morir en el desierto…”, “Moshé se apenó enormemente… yo no he tomado de ellos ni siquiera un asno ni a ninguno de ellos hice daño.”

Muchos Israelitas están resentidos (¿envidiosos?) por el liderazgo de Moshé y Aarón, y pretenden el derecho de liderazgo para sí mismos. Kóraj, un levita, se creía un igual a los dos líderes y tenía pretensiones de reemplazar a uno de ellos. Los dirigentes de la tribu de Reuven aspiraban, por su parte, a tener poder debido a que descendían del primogénito de Iaakov. Esta situación de discordia coincidió con acontecimientos desastrosos o desagradables, como el de los espías, lo que desanimó a mucha gente, haciéndola (según Rambam) muy vulnerable a los agitadores y populistas. En fin, nada nuevo bajo el sol…

A Moshé no le gustó, por cierto, lo que Kóraj pregonaba; se sabía respaldado por Dios y era sincero en su deseo doble: obedecer a Dios en primer lugar, y ayudar a su pueblo. Las obras de bien que el hombre hace, si son grandiosas, ostentosas, es muy probable que eleven el ego de quien las hace, salvo que sea alguien humilde, consciente de su pequeñez como ser humano. Moshé era este tipo de hombre: como tenía que ver no solamente con Dios, sino también directamente, y de manera mayoritaria, con el día a día del pueblo, con las pequeñas cosas, con las divergencias y pequeñas contradicciones de la gente común, tenía claro que, con Dios detrás de, y por sobre él, era más que Kóraj y sus seguidores. Eso le dio la fuerza necesaria para actuar. Y lo hizo como corresponde a un verdadero líder: teniendo certeza y convicción de que lo que hace está bien hecho. Su brújula era Dios y no tenía cómo desviarse y caer en el populismo.

Dos hechos notables, milagrosos, aplastaron con relativa rapidez la artificial ebullición popular: la destrucción de los rebeldes, asegurando la primacía de Moshé y Aarón, y la “legalización” de los levitas como encargados del servicio divino.

Kóraj era un demagogo en búsqueda de poder por el poder para sí mismo; incluso entre sus partidarios, según la Mishná, se dio el faccionalismo y la disensión. Una tradición midráshica muestra a Kóraj quejándose ante Moshé por los diezmos y ofrendas exigidas por este al pueblo (“Nos exiges más que los mismos egipcios”). Olvidó (¿olvido selectivo?) que los diezmos y ofrendas se usaban para ayudar a los pobres, para mantener el santuario y establecer una estructura física y logística digna y adecuada para que el pueblo agradeciera a Dios todos los dones con que ayudaba a Israel.

Kóraj no desafió solamente las atribuciones y obligaciones de Moshé y Aarón; Kóraj desafió a la Torá y, por ende, a Dios. Y un ser humano que desafía a Dios va contra su propia esencia. Se destaca más aún su pequeñez y la torpeza de quienes lo siguen. El egoísmo y ansia personal saltan a la vista, salvo para la parte de la masa informe que lo sigue y que se deja usar hasta que se da cuenta, a veces muy tarde. Kóraj y los suyos lo pagaron caro, la justicia divina no tarda, llega en el momento oportuno; el reloj y el calendario divinos no son iguales a los tiempos cronológicos humanos.

¿Cuántas veces no hemos actuado y pensado como Kóraj, creyéndonos dioses? En fin, nada nuevo bajo el sol…

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