Parashá Miketz: «¿Quién dijo que todo está perdido…?»

En la parashá de esta semana, vemos a Iosef interpretando un sueño de Paró.
 
Las 7 vacas flacas y las 7 vacas gordas representan un tiempo de escasez y otro de bonanza económica respectivamente.

Frente a esa situación, vemos que Iosef propone una solución.
 Y esto resulta determinante para el futuro de Egipto.

Enfrentando la mala noticia, un hambre que amenazaba con no perdonar a nadie, afectando incluso a los más ricos (como señala el Midrash Bereshit Rabá), Iosef logra con inteligencia salvarlos a todos, pobres y ricos.

Iosef utiliza la luz de su inteligencia en la solución de un problema, evitando todo pesimismo y fatalismo.

¿Cómo podemos alcanzar nosotros tal nivel de conciencia?

Steven Pinker, un psicólogo y profesor de la Universidad de Harvard, explica que la mente humana tiene una tendencia a prestar mayor atención a las malas noticias que a las noticias positivas y que esto ocurre porque el cerebro está «diseñado» para alertarnos de peligros.

En otras palabras, prestamos mayor atención a las cosas que representan una amenaza para nosotros, o bien, que el cerebro interpreta como una amenaza.

Si Iosef y Paró se hubiesen quedado solamente con la mala noticia, de seguro el pánico habría empeorado las cosas y la historia habría tenido inevitablemente un desenlace nefasto.
Sin embargo, la sabiduría de Iosef y la confianza de Paró terminan facilitando la solución.

Paró tiene un crédito especial en esta historia, no es un personaje secundario: confía, cree y actúa en forma optimista.

Sin la confianza de Paró, la inteligencia de Iosef no habría sido suficiente.

La luz de Iosef y la luz de Paró se cruzan en un determinado momento de la historia, en un determinado punto de sus camino. Reconocen mutuamente su luz interior
 y encienden una verdadera antorcha.

Esto tiene mucho sentido en estos días en que estamos celebrando la fiesta de Jánuca, la fiesta de las luces. Porque un solo día y una sola luz, no habrían hecho el milagro.

Rav Isaac Kook enseño que toda persona debe entender que tiene una vela en su interior, que todos la tienen y que cada una es distinta. Y que al descubrirla, tanto dentro de sí mismo, como en los demás, podrá unirlas todas y encender una gran antorcha.

Con estas enseñanzas en mente, podemos entender que Iosef tenía una luz interior, su luz propia. Y que Paró también tenía una luz interior, su propia luz. Ambas luces se unieron y se encendió una verdadera antorcha, se produjo el milagro, surgió la solución, no solamente como una idea, sino como la ejecución de un plan concreto: le dieron vida a la sabiduría.

Rav Kook enseñó que un hombre justo y puro no se queja de la oscuridad, sino que agrega luz.

Ni Iosef ni Paró reciben el mal pronóstico de los 7 años de escasez como un motivo para desesperarse, criticar, acusar a otro bando político, buscar culpables, sacar una nueva portada pesimista en el diario sensacionalista del país, etc.

Iosef y Paró agregan luz. Cual hombres justos, entienden que tienen una enorme responsabilidad con todos, que el hambre necesita soluciones, que es momento de resolver, de pensar en un bien mayor, de encender una antorcha.

Sólo así, cuando despertamos a ese nivel de conciencia que nos permite reconocer la luz propia y la de los demás, es que logramos vencer nuestra tendencia al pesimismo – que muchas veces disfrazamos de “realismo” -, construyendo el milagro, construyendo los años de bonanza.

Todos sabemos que nuestro mundo necesita urgentemente 7 años de bonanza de luz.

El hecho de que el relato nos muestre a un hombre de Israel y a un gentil, juntos en esta gran hazaña, y que por otra parte, nos muestre una dramática situación que afectaría a pobres y ricos por igual, nos demuestra que cada persona, independientemente de su origen, condición socioeconómica, etnia, raza, religión y cualquier otra condición o característica que lo distinga en particular, tiene una luz, pero necesita sumarse a la antorcha.

La antorcha en este texto, es el bien común, porque evidentemente, no se habría logrado algo tan fantástico, si Iosef y Paró se hubiesen ocupado en salvar los intereses solamente de la aristocracia de Egipto.

Iosef y Paró reconocen la dignidad humana de cada habitante de Egipto y toman decisiones en aras de respetar esta igualdad, de respetar esa luz, la chispa Divina que hay en todo ser humano.

Y aquí se encierra el sentido de la aparentemente misteriosa providencia Divina en el relato: cuando hombres de carne y hueso, reconocen su luz interior y la luz interior de los demás, cuando descubren en D-s la luz propia, cuando aprenden a apreciar las virtudes de los demás, ingresando en una actitud de empatía y colaboración frente a los desafíos. 

Sin esta actitud del corazón, D-s no puede actuar y no hay “milagro”.

Hoy, en el siglo XXI, el hambre y la pobreza siguen siendo flagelos terribles, que nos imponen enormes desafíos éticos para el futuro. 

Sólo podremos avanzar cuando despertemos al nivel de conciencia que nos propone esta parashá.

Mismo nivel de conciencia que vemos en los Macabim, mismo nivel de conciencia que vemos en cada momento de la historia de nuestro pueblo y de la humanidad, en que se producen grandes milagros y hazañas.

Tenemos la capacidad de desprogramar esa parte de nuestra mente que nos vuelve proclives al terror, que nos hace susceptibles al pánico, que nos dice que todo está mal y ya está.

Tenemos la capacidad de activar en nuestra conciencia el “modo milagro”. De abrir nuestros ojos a una nueva perspectiva: una perspectiva que cree en el bien, que siempre espera lo mejor, que confía, que “ve el vaso medio lleno”, que se mantiene optimista, que tiene una sana autoestima, que honra la dignidad humana sin excepción, una perspectiva de compromiso y acción.

Que en este Shabat, rodeado de las luces de Jánuca, podamos ser constructores de esta milagrosa nueva perspectiva y que la luz pueda triunfar en nuestros pensamientos, acciones y en el trato con los demás.

Shabat Shalom,
Shabat Shalom Umevoraj.