Parashá Shlaj Lejá: «Sobre ver y recordar.»

El recuerdo en el judaísmo incluye una noción de conciencia y realización, no solamente del pasado sino también de lo que significa para el futuro. En esta parashá, se refleja cuando se nos dice: “y recordaréis todos los preceptos de Dios y habréis de cumplirlos y no os desviaréis…”, en referencia a los tzitzit (ציצת).

Esta idea sobre la necesidad de recordar no se limita a los “flecos rituales” ni a esta parashá. El mandato insistente de recordar y no olvidar es un precepto que el pueblo judío ha incorporado consistentemente en su cultura y práctica religiosa, convirtiéndose en una característica distintiva que no siempre ha sido parte de la cosmovisión de otros pueblos.

Recordar es un acto personal y selectivo. De todo lo que nos sucede en un día, en un mes, en un año, hacemos un “filtrado selectivo”: admitimos ciertos hechos y eventos en nuestros bancos de memoria y descartamos otros consciente o inconscientemente. Algunos recuerdos son muy íntimos e inolvidables, mientras que otros requieren un factor externo para ser recordados.

Los testimonios escritos de los sobrevivientes del Holocausto, por ejemplo, permanecerán como poderosos testimonios de un pasado violento. Ninguna generación de judíos ha sabido más sobre el pasado que la nuestra, y ninguna generación judía es menos parte de aquellas generaciones pasadas.

El ejercicio de recordar también implica la necesidad de compartir nuestros recuerdos con nuestros seres queridos: recuerdos de padres inmigrantes, de la vida judía antes de que existiera el Estado de Israel, de historias detrás de los tesoros familiares. Esto ayuda a establecer memoriales de significado y esperanza, y a despertar la conciencia hacia un mundo pacífico y justo.

En el capítulo 15 del libro de Bamidbar, encontramos una serie de instrucciones acompañadas de una señal externa para ver y recordar. Los sabios relatan una historia donde el recuerdo y la identidad se entrecruzan: “Hubo un incidente que involucró a un hombre que era diligente con la mitzvá de los tzitzit. Este hombre se enteró de que había una prostituta en una de las ciudades del extranjero que cobraba cuatrocientas monedas de oro como pago. Le envió las monedas y fijó una hora para reunirse con ella. Cuando llegó su momento, vino y se sentó a la entrada de su casa. La sierva de esa prostituta entró y le dijo: El hombre que te envió las monedas vino y se sentó a la entrada. Ella dijo: Déjalo entrar. 

Ella subió y se sentó desnuda en la cama superior, y él también subió para sentarse desnudo frente a ella. Mientras tanto, sus cuatro flecos rituales llegaron y le abofetearon en la cara. Él cayó y se sentó en el suelo, y ella también cayó y se sentó en el suelo. Ella le dijo: Hago un juramento… que no te permitiré ir hasta que me digas qué defecto viste en mí. Él le dijo: Hago un juramento por el servicio del Templo que nunca había visto a una mujer tan hermosa como tú. Pero hay una mitzvá que el Señor, nuestro Dios, nos ordenó, y su nombre es flecos rituales (ציצת), y en el pasaje donde se ordenan, está escrito dos veces: «Yo soy el Señor tu Dios» (Números 15:41)… Ahora, dijo el hombre, los cuatro conjuntos de flecos rituales se me aparecieron como si fueran cuatro testigos que testificarán contra mí.” (T.B Menajot 44a)

Frente a esta historia, uno podría preguntarse si es posible recordar todo lo que debe ser recordado sin la necesidad de los tzitzit o de un elemento externo. ¿Se puede cumplir algo sin recordar? ¿Se puede recordar sin ver? ¿En qué medida el ejercicio de recordar influye en mi identidad y en cómo me autopercibo?

Yosef Yerushalmi, al explorar las diversas aristas de la relación entre el judío, la historia y la memoria, lo explica así: “Mi terror de olvidar es más grande que el de tener demasiado que recordar. Dejemos que los hechos acumulados sobre el pasado sigan multiplicándose. Dejemos que crezca el torrente de libros y monografías, aunque sólo los lean los especialistas. Dejemos que los ejemplares no leídos descansen en los anaqueles de las bibliotecas, de manera tal que si algunos son eliminados o trasladados, otros queden. De manera tal que quienes lo necesiten puedan comprobar que esta persona sí vivió, que esos acontecimientos realmente se produjeron, que esta interpretación no es la única.” (Zajor, 1989)

El recuerdo, entonces, no es solo un acto de mirar hacia atrás, sino una herramienta vital para construir el futuro. La memoria colectiva y los símbolos que la refuerzan, como los tzitzit, nos permiten mantener una conexión continua con nuestra identidad y nuestros valores. Publicar y compartir estos relatos y reflexiones fortalece nuestro entendimiento y nos une como comunidad.

Shabat Shalom.

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