Parashá Tazría-Metzorá: «Resignificando rituales.»

Levítico 12:1 al 15:33


Esta semana estudiamos un conjunto de rituales vinculados a la idea de purificación, verdaderos cambios de estado que se materializan en ideas más o menos comprensibles, por ejemplo: un rito para pasar de estar embarazada a ser madre, de estar enfermo de tzaarat a no estarlo, etc.

Sin embargo, una de las razones por las que el libro de Levítico nos resulta a veces tan distante, es porque vivimos en una sociedad que no tiene esta forma de pensar. El ritual se ha hecho invisible, o lisa y llanamente está desapareciendo.

El afamado filósofo surcoreano Byung-Chul Han, intenta explicar esta realidad actual en su libro: “La desaparición de los rituales” (2019), en el que identifica al consumismo y al modelo económico imperante como responsables.

En cualquier caso, los judíos nos hemos esforzado de generación en generación, incluso viviendo en la sociedad del consumo, por mantener la vigencia de los rituales, resignificándolos de ser necesario, para que sigan presentes. Esta ha sido, de hecho, una de las mayores ocupaciones del movimiento de Reforma desde sus orígenes.

Todos los ritos que figuran en Tazría-Metzorá, siguen vigentes de una u otra forma en la vida comunitaria judía. Tal vez, esto sea más evidente en el caso del brit milá (circuncisión). Sin embargo, también tenemos actualmente un país (Israel) que concede 12 semanas de posnatal a sus ciudadanas con protección laboral y que dio ejemplo mundial en políticas de salud pública durante la pandemia del Covid-19, lo que a mi juicio constituyen dos manifestaciones modernas de todo lo que hemos estudiado en esta sección.

Y en general, hemos ido agregando nuevos rituales, por mencionar alguno: Bar y Bat mitzvá, ritos de paso que toman fuerza en los siglos XVI y XIX respectivamente, etc.

Sin embargo, no todo es fantástico y hay que tener ciertos cuidados, porque el ritual también tiene una faceta gravosa y siendo honestos, se puede utilizar para adoctrinar.
La pregunta es: ¿El ritual es una mera expresión del ethos y pensamiento de una época, o tiende a crear y luego mantener un determinado ideal moral?

Esta pregunta la planteo a razón de lo que encontramos en los versículos 2, 4 y 5 del capítulo 12 del libro de Levítico, en los que leemos una diferencia en el cómputo del tiempo necesario para la purificación de una mujer según fuera el sexo biológico del recién nacido: 40 días en total si tuvo un niño y 80 si tuvo una niña.

El Rabino Marcos Edery en su célebre traducción y comentario al Jumash, señala que no hay una explicación clara para esta diferencia, aunque reconoce que los comentaristas de otras épocas tuvieron la tendencia de intentar explicar con argumentos “médicos” esta distinción. De todas formas, ninguna de estas explicaciones tienen asidero científico en la actualidad.

Por mi parte, encontré una interesante reflexión de la profesora de teología Nicole J. Ruane (2005), que encuentra en este relato un asunto de género que me resulta increíble que haya pasado desapercibido para otros lectores, comentaristas y académicos.

¿Quién escribió el Libro de Levítico, también conocido como Torat Cohanim (La Torá de los sacerdotes)? La tradición responde: Moisés.
 
Sin embargo, esta es una pregunta difícil de responder desde el punto de vista de la crítica bíblica y la hipótesis documentaria. En concreto, hay diferentes fragmentos que componen el texto, distintas aportaciones y autorías (o recopilaciones).

Así las cosas, esta diferencia inexplicable de cómputos (que registra la Torá) podría explicarse – tal como plantea Ruane – por quién lo aportó: los sacerdotes (autor sacerdotal), a cuya casta le interesaba mucho tener hijos varones, puesto que era la única forma de que tuviesen continuidad.
 
No existían las sacerdotisas, la continuidad dependía de que nacieran varones. Y el hecho de que fuera tan deseable tener hijos varones, explicaría que se “premie” a las mujeres con un tiempo de purificación menor.

Aquí, el ritual servía para fomentar una “conducta determinada”, en un tiempo en que se consideraba que las mujeres tenían alguna influencia en la definición del sexo de la hija o hijo. Naturalmente, este tipo de rituales (tal como se concebían en su época), entran en una carencia rotunda de sentido con el cambio de las ideas en el tiempo, salvo que las mismas comunidades decidan resignificarlos y comprenderlos desde nuevos puntos de vista.

A esto se refiere Pedro Gómez García, Doctor en Filosofía de la Universidad de Granada, en su trabajo “El ritual como forma de adoctrinamiento” (2002), cuando señala: “Los ritos vivos son necesarios como catalizadores de energías transformadoras, creativas, asociativas, que crean comunidad entre los humanos. Conllevan tal vez cierto adoctrinamiento. Pero los rituales, que nos modelan, también hemos de moldearlos nosotros. Por lo tanto habrá que discernirlos críticamente, a fin de que se aparten de la doctrina que apaga la inteligencia o la adormece, y despierten la conciencia a grados crecientes de humanización.”

En suma, una buena prevención del “lado B” de los rituales, que hemos analizado someramente en este comentario, es la apertura a la revisión crítica. Un cometido que requiere, además de buena disposición y apertura, un alto nivel de honestidad intelectual.

Mientras seguimos preservando lo ritual y simbólico de nuestra judeidad, especialmente como judíos reformistas y latinoamericanos del siglo XXI, que podamos hacer el esfuerzo de acompañar nuestras prácticas religiosas con estudio y espíritu crítico, para que, a través del ejercicio de resignificar, leguemos sentido a las futuras generaciones o más puntualmente, ese anhelo constante de buscarlo, a fin de que ellas también tengan la bendición de hacer y aportar lo propio.
 
Shabat Shalom.