Parashá Vaietzé: «El equilibrio es la clave».

Por: Leonardo David.

A diferencia de su padre y a similitud de su abuelo, Iaakov debe enfrentarse a la necesidad de abandonar la zona de confort. Abraham lo hizo otrora por razones espirituales o Divinas, mientras que Iaakov lo hará por razones más bien terrenales. Podríamos decir que D-s empuja a Abraham y la vida misma empuja a Iaakov.

El único que no recibió este impulso fue Itzjak, el cual jamás salió de la tierra de promisión.

El tránsito entre lo espiritual y lo terrenal seguramente es lo que marca el tenor del inicio de esta Parashá.

En Vaietzé vemos a Iaakov tener su propio “Lej Lejá”, porque emprende el rumbo por su propio bien, abandona su tienda o carpa, abandona ese lugar acogedor donde dice nuestra tradición que Iaakov pasaba los días estudiando textos sagrados. Indudablemente, abandona su zona de confort.

Situación que, de no haberse dado, habría terminado con esta historia, jamás aparecería un “Israel”, de eso estoy seguro.

Hay aquí una experiencia vital importante y un patrón en común con Abraham: ser capaz de salir de las barreras que nos pusieron, o que uno se autoimpuso, para conquistar el mundo y atreverse.

Por otra parte, a las experiencias de Abraham, Sará y  Lot, con los “malajim” (enviados, ángeles), que estudiamos en parashiot anteriores, ahora se suma la experiencia persona de Iaakov con ellos.

Y así veremos puntos similares y puntos distintos en el relato, respecto de las experiencias de sus antepasados (o en comparación con ellas). Por ejemplo: Mientras todos los demás ven a los malajim “en vivo” y caminando “en horizontal”, Iaakov los ve en su sueño, al inicio de esta Parashá, subiendo y bajando por una escalera. Sólo al final los verá, ya no en sueño, sino en su mismo camino “en horizontal”, caminando como cualquier persona.

En primer lugar, quiero señalar que fuera de la imaginación colectiva, la iconografía y la primera idea que se le venga a la cabeza a una persona en cualquier parte del mundo sobre qué es un ángel, aquí hay un idea muy interesante.
 
Si resumiéramos “ángel” (todo eso que se nos ocurre al respecto) como un elemento en el texto, que representa la espiritualidad (así de simple), podemos notar cómo los antepasados de Iaakov se relacionaban cotidianamente con ella, la recibían con alegría, lo veían como algo habitual “en horizontal”. Nada extraordinario, solamente la bondad cotidiana.
Iaakov sin embargo, con su escalera, ve la conexión de dos mundos, el espiritual y el terrenal. No todo ocurre en este plano, hay algo más elevado. 

Y esto tiene mucha lógica para él, un estudioso, una persona acostumbrada a manejar conceptos elevados e ideas geniales.
Si el ser humano sólo se dedicara a ser bueno, como sinónimo de hacer actos de bondad, porque sí, el mundo no funcionaría. 
No sólo necesitamos un Abraham, Sará y Lot, que cocinen y den hospedaje a otros, también necesitamos gente que sea capaz de traer a su mente ideas elevadas, nuevos descubrimientos, etc.
 
Pero tampoco el mundo mejora sólo con ideas.

Iaakov descubre que si bien, toda sociedad necesita genios. Ser un genio no se logra solamente siendo circunstancialmente bueno, haciendo actos de bondad en forma mecánica, sin ver más allá. La ética debe educarse. 

Así mismo, el estudio no garantiza por sí sólo que uno se convertirá en buena persona.

Por ejemplo, no basta con ser hospitalario, hay que entender el por qué lo somos. 
No basta con cumplir mitzvot, en general, hay que entender por qué cumplimos mitzvot, para qué.
Esto es la dimensión ética de eso que llamamos religión.

Por ejemplo, en referencia al amor al prójimo, pensemos en estas palabras de Martin Buber: “El verdadero significado de amar al prójimo, no es que sea un mandato de D-s que debemos cumplir, sino que a través de él  (el prójimo) y en él encontramos a D-s”.

Esa cita le encantaría a Iaakov. Porque mezcla lo de abajo y lo de arriba. Lo de abajo, la realidad, la necesidad de amor que tienen muchas personas aquí y ahora, lo de arriba, que por el mismo uso de la razón, podemos llegar a construir una frase o una idea tan elevada como las de Buber, como las de Abraham Joshua Heschel y como las de cualquier estudioso, cualquier genio.

Lo que estoy planteando y los relatos que estamos estudiando, dejan en evidencia ciertas particularidades sobre la “contemplación” en el contexto de nuestra cosmovisión, cómo nosotros los judíos, en vez solamente aproximarnos a lo misterioso, dejándonos embelesar por aquello, preferimos equilibrar, a través de hacer cosas, cosas concretas. Y como también, por otra parte, sin estudio, sin descubrir la dimensión ética, no es posible para el hombre descubrir qué es lo bueno y deseable que debe hacer.

Fijémonos en que la reacción de todos los personajes que hemos estudiado, es hacer algo frente a un fenómeno espiritualmente admirable: Abraham y Sará cocinan para los ángeles y les dan alojo, similar situación ocurre con Lot y ahora Iaakov que incluso “irá con ellos” cuando se los encuentre y reconozca que lo que ha descubierto es un “campamento de D-s” en medio de su camino, lo cual está consignado al cierre de la parashá.

Ninguno de estos personajes de la Torá se sentarían bajo el techo de la Capilla Sixtina para buscar la inspiración de los ángeles o de cualquier otro concepto, idea o noción religiosa. Siempre el foco estaba en el equilibrio y en hacer algo.

Incluso Iaakov, al despertar de su inicial sueño (célebre sueño de la escalera), hace algo, suena redundante, pero lo primero que hace es hacer algo: nombrar el lugar como “Bet-El”.
En esta parashá, Iaakov nos demuestra que el camino es el equilibrio. 
Que la elevación es el equilibrio.

El camino no es sólo el de los que cocinan (como cocinaron Abraham, Sará y Lot), ni tampoco de quienes sólo estudian (como él mismo era antes).

El hombre debe elevarse con el estudio, con la reflexión, etc. Esto es cierto.

Pero también debe saber bajar y trabajar y hacer cosas.
Y hay muchas cosas que podrían ser una escalera en nuestras vidas, con la cual podrían elevarse o descender éticamente. Con el dinero, por ejemplo, puedo ser egoísta y descender. O puedo ser altruista y ascender mucho.

Si uso mi conocimiento en aras del bien, el conocimiento es mi escalera y voy subiendo por ella. Y si no lo uso para el bien, entonces voy descendiendo.

Cada día tenemos el desafío de encontrar puntos de equilibrio en nuestras vidas.

Finalmente, sobre esto de los ascensos y descensos por la escalera de la ética, dijo Rabi Menajem Mendel de Kotzk: “Quien está en la base de una escalera pero está subiendo, está mucho mejor que quién está en la cima, pero está bajando”.

Que tengamos el mérito de vivir una vida de buenas acciones, pero con conciencia.

Saber y aprender, para hacer el bien. Y hacer el bien en forma incesante, para practicar lo que se sabe y lo que se aprendió. Y en este ejercicio, adquirir cada vez más sabiduría.

No sólo estar pensando en el olimpo y tampoco estar solamente pensando en el negocio.

Elevarse sin levitar, sin perder la conexión de los pies que deben estar firmes en la tierra.

Y atender nuestros asuntos cotidianos, sin convertirnos en autómatas, sin dejar de estudiar y reflexionar.

Cuando encontremos esos puntos de equilibrio en nuestra vida, estaremos encontrando un “campamento de D-s” (Mahanaim) en el camino, al igual que Iaakov.

Esto es también curioso, porque si bien la Torá dice que Iaakov se encuentra a los malajim y los sigue y se une a ellos, cuando le pone nombre al lugar “Mahanaim”, significa que los malajim se unieron a Iaakov, así los señala Abarbanel. 

¿Quién se unió a quién? ¿Los ángeles a Iaakov o Iaakov a los ángeles? 

Ni lo uno ni lo otro, Iaakov encontró en realidad el equilibrio.
Y habiendo descubierto eso, está preparado para ser Israel.

Que  todos seamos capaces de encontrar ese equilibrio.

Shabat Shalom,
Shabat Shalom umevoraj.