Parashá Bejukotai: «Reflexiones sobre el Dios retributivo, después del Holocausto.»

Levítico 26:3 al 27:34

El texto de esta semana afirma que cumplir con los mandatos divinos nos lleva a un futuro exitoso, una idea que resulta sencilla de entender en su sentido básico. Es similar a la noción en los Salmos de que a los buenos les va bien y a los malos les va mal

¡Y ojalá fuera tan fácil! Desafortunadamente, nuestras vivencias y experiencias, nos han obligado a problematizar el asunto. 

Tradicionalmente hablando, estamos en presencia de lo que conocemos como «שכר וענש» (Sajar ve-onesh), la cuestión de la recompensa y el castigo. Un asunto que nos resulta en conflicto teológico, particularmente en nuestro caso, después de la Shoá (holocausto).

Y me permito hacer esta precisión, porque también hubo otros momentos de conflicto en torno al asunto de la retribución divina por nuestras acciones. La historia judía documenta varios casos de este tipo de conflicto, como el exilio, por ejemplo.


El lenguaje condicional.

Nuestra parashá comienza diciendo: «…אם בחקתי תלכו», literalmente en condicional: «Si te encaminas en mis ordenanzas…», esto me recordó las palabras empleadas por Jacob en Gén. 28:20: «…אם יהיה אלהים», donde hace un voto condicional, prometiendo cumplirlo si Dios permanece con él.

Cuando leo estas cosas me pregunto: ¿Cómo es posible que una de las formas de relacionarnos con lo divino sea a través de un diálogo en condicional?

Ramban, comentando Gén. 28:20, se remite a una idea midráshica registrada en Bereshit Rabá y señala que una posibilidad interpretativa para entender el lenguaje condicional de Iaakov es que: «…no hay seguridad para los justos en este mundo». 

En efecto, no controlamos todo, entonces no podemos asegurar cosas sobre el futuro.

Me pregunto cómo cambiaría la historia universal y cuántas tragedias se podrían haber evitado si la gente tuviera conciencia de que el mundo no es seguro por sí mismo y que depende de nosotros asumir el desafío de hacerlo seguro, o al menos intentarlo.

Tal vez, los judíos hemos comprendido esto. En mayor o menor medida, esta comprensión inspira el trabajo incansable de muchos activistas y organizaciones en la lucha contra el antisemitismo. Sabemos que nunca estaremos completamente seguros, por lo que debemos construir esa seguridad constantemente, debemos intentarlo.

Para nosotros, hoy el mensaje es claro: «Nunca más».

Por cierto, no controlamos lo que ocurrirá en las futuras generaciones, pero de todas formas hacemos nuestra parte. ¡Ojalá cada judío y judía se pueda comprometer con esta labor!


¿Y Dios? ¿Acaso su conocimiento del futuro es también condicional?

Volviendo al conflicto teológico que implicó el holocausto y el punto de inflexión o quiebre que produjo en lo que atañe a la figura del «Dios retributivo», Eugene B. Borowitz en Renewing the Covenant: A Theology for the Postmodern Jew(1991), habiendo citado previamente Deuteronomio 11:13-21, comentó lo siguiente: «Esto llevó a la enseñanza bíblica adicional de que Dios emplea a los enemigos de los judíos para castigarlos, esperando que a través de su sufrimiento les devuelva la fidelidad. Desde los profetas hasta tiempos recientes, al menos los de los pogromos de Jmelnitski (1648), la calamidad judía evocó en los pensadores judíos el juicio del pacto: Debido a nuestros pecados, Dios ha traído apropiadamente este mal sobre nosotros. Si es así, señaló Rubenstein, deberíamos decir con toda piedad que Dios usó a Hitler para castigarnos y reformarnos, una opinión que le daría cierta reivindicación, una doctrina que Rubenstein consideraba absolutamente obscena. Parecía mucho más blasfemo que inferir, de la aterradora realidad del Holocausto, que una neutralidad vacía impregnaba el universo y que, al menos en nuestro tiempo, Dios, el Dios de la Alianza, estaba muerto.«
 
Borowitz citó lo que leemos cada mañana y cada noche en el Shemá Israel, en el párrafo: “והיה אם שמע” (Vehaiá im shamoa), en cuyo texto, el cumplimiento de lo que se nos pide oír diligentemente se traducirá en éxito futuro y, a contrario sensu, no cumplir se traducirá en rotundo fracaso. Otra vez el condicional, otra vez, un lenguaje que refiere a hechos futuros e inciertos.

Es en este punto donde entro en conflicto con esa idea de que el futuro depende de exclusivamente de nosotros y de nuestras acciones. En parte es cierto, hasta cierto punto puede resultar inspirador. Pero, ¿siempre funciona así?
 
¿Qué lecturas podemos hacer sobre estos textos, cuando vivimos en una sociedad no teocéntrica? ¿Cómo podemos leer estos versículos luego de la tragedia que significó para nosotros el holocausto? ¿Qué podemos agregar sobre esta idea del pacto, este lenguaje contractual, condicional, que parece reconocer a la incertidumbre como parte inevitable de la existencia humana y del desarrollo de la historia de la humanidad?

Borowitz da a entender que, para evitar un conflicto teológico mayor, Richard Rubenstein apostó por invitar directamente a los judíos a abandonar la conflictiva idea del Dios retributivo. En efecto, era más fácil reinterpretar o abandonar lisa y llanamente esta idea, que encerrarnos en una discusión infecunda sobre por qué Dios permitió tal cosa, dónde estaba durante los días de nuestro sufrimiento, etc. Preguntas a las que sí se abocaron otros autores. 

Recuerdo el ensayo de Hans Jonas, titulado: «El concepto de Dios después de Auschwitz. Una voz judía» (1984), en el que junto con consignar más de una vez la pregunta: Was für ein Gott konnte es geschehen lassen? (¿Qué clase de Dios pudo permitir esto?), se refiere al pacto como «angeblichen Bundes«, un «supuesto pacto entre Dios e Israel». 

¿Un supuesto pacto? Y en ese caso, si se trata de una suposición, ¿entonces podríamos decir que el pacto no falló, sino que en realidad nunca existió y el holocausto fue solamente un duro «baño de realidad»?

No estoy intentando solucionar el problema teológico, apenas estoy intentando expresar su dimensión. ¿Qué hacemos? 

Todavía estoy dejando fuera muchas otras ideas, perfectamente racionales, como las que refieren al «eclipse de Dios» con Buber y naturalmente, todas las ideas otras irracionales – perdonen que sea enérgico – que han sostenido grupos ultraortodoxos como Naturei Karta o figuras judías del mundo Iraní, que han aseverado las cosas más absurdas que puedan existir, sumando vergüenza infinita sobre sí mismos.
 
En primer lugar, me gustaría señalar que esta idea primigenia del «Dios que retribuye», que luego continuaría desarrollándose en nuestra cosmovisión y cultura, es la base de la construcción de un sentido más profundo, individual y colectivamente hablando, de la responsabilidad y la conciencia. 

Desde ese punto de vista, fue el trampolín para construir una idea más desarrollada y no implicaría un gran desafío teológico, analítico, lector, etc.
 
En efecto, pasamos de los dioses arbitrarios, que pedían cosas porque sí, sin ninguna razón, a tener al Dios único, que busca al hombre y dialoga con él, un Dios que propone. Y cuya forma de actuar – supuestamente – en el mundo, ya no es antojadiza o caprichosa, sino que se ajusta a un comportamiento lógico, que si bien podría no ser totalmente comprendido por el hombre, existe sin embargo algún indicio rastreable en la norma positiva, existe una voluntad escriturada y se puede intentar estudiar, analizar, comprender, cuestionar y practicar.
 
Segundo, porque lo anterior era un paso necesario para dejar de pensar que ahora, este Dios justo que contrata o pacta con los hombres, obligándose a sí mismo a cumplir y que de hecho cumple «ברוך אומר ועשה», castiga los errores del hombre. 

Definitivamente dejamos todo eso atrás, para comenzar a reconocer una realidad prácticamente empírica: que todo lo que el hombre hace, acarrea consecuencias. Y lo anterior, de suyo, nos permite prescindir de la figura de la divinidad que interviene en el mundo para castigar.

Y es evidente que esta idea tuvo su punto de mayor desarrollo mucho antes de la Shoá.  

El vacío que dejó la Shoá entonces, no refiere precisamente a la existencia o inexistencia, el rol o la despreocupación absoluta, la presencia o ausencia, la acción o inacción de Dios. Tampoco se trata de intentar responder a la pregunta: ¿Qué hicimos mal para recibir esta «consecuencia»?

Tal vez no se trata de responder ninguna pregunta. Por otra parte, a veces, buscar más responsabilidades que las evidentes, complica considerablemente las cosas. 

Siempre y en cualquier caso, el responsable de todo esto fue Adolf Hitler, luego sus seguidores, luego esa parte de la sociedad internacional que simplemente lo dejó hacer.

Tampoco fue «la humanidad», nosotros sabemos perfectamente quiénes fueron. Y por cada uno de ellos, también hubo personas que sí se comprometieron, que sí ayudaron y que sí se mantuvieron de nuestra parte.

Del pasado es más fácil hablar. De lo futuro, en cambio, no tenemos certezas, solamente incertidumbre. Ninguna generalización es aceptable al hablar del futuro. Y so pena de ser considerado pesimista, pienso que el discurso religioso que se funda solamente en prometer bendiciones y éxito, es un pacto inexistente. Sin el condicional está viciado, sin el factor incierto no es real.

Esto es tan concreto, que nuestros amigos cristianos y musulmanes tuvieron que trasladar estos asuntos, a macro escala y más allá de lo que podemos conocer racionalmente hablando. La imposibilidad de asegurar lo bueno y lo mejor para nuestros días, los obligó a desarrollar una teología sobre premios y castigos futuros, en otra vida.

Nosotros también tuvimos nuestro propio y brevísimo affair con esas ideas, aunque todavía hay sectores que tienen resabios fuertes de esas épocas. 

Hay quienes señalan que los judíos desarrollamos la idea de la vida después de la muerte sólo cuando vimos que nuestros enemigos habían logrado vencernos y exiliarnos. Esto nos proporcionaba un poco de consuelo, en el fondo, nos dijimos unos a otros que el triunfo de los malvados podía darse en este plano, pero que algún día los malvados serían avergonzados en un mundo porvenir, mientras que nosotros gozaríamos de todas aquellas cosas de las cuales fuimos injustamente privados.

Algo parecido encontramos en «What happens after I die?: Jewish views of life after death«, de los Rabinos Rifat Sonsino y Daniel Syme, (1990). Ellos señalan que: «La primera noción clara de resurrección en el judaísmo aparece en los escritos del profeta Ezequiel. Después de la destrucción de Jerusalén por los babilonios en 586 a. E.C., este gran profeta del exilio soñó con un tiempo en el que la nación israelita sería restaurada…», y luego de citar algunos pasajes del Profeta Ezequiel, que hacen aparente alusión al tema, señalan que hasta ese punto: «…no hay ninguna indicación de una creencia en la resurrección personal. Más bien, el profeta, utilizando imágenes poéticas, habla de la restauración de la vida nacional

¡Cuán conflictivo fue mantener la idea de la retribución en la época de aflicción y desconcierto señalada en la cita! ¡Al extremo de obligarnos a inventar una segunda parte de la historia sagrada! 

La «secuela» evidentemente agrega una idea que a la Torá misma no le preocupa para nada. No hay ninguna alusión a la vida después de la muerte en ella.
 
En lugar de eso, la Torá refleja una búsqueda que se transformó en mensaje y legado para nosotros: Que una sociedad que se ajusta a la ética, seguramente tendrá mayor esperanza de un buen futuro en comparación con una sociedad que “abandona la senda”. Así, tal cual, en el mundo de las probabilidades.

Junto a millones de personas que se auto perciben monoteístas en el mundo, hemos construido un ideario común sobre la existencia de un “camino recto” del que conviene no separarse. Idea que en esta parashá está presente con la palabra «תלכו«.

La única diferencia en cambio, es que nuestra religión no puede ser definida como una religión salvífica. La relación del Judío con Dios, no es de esta naturaleza. Nosotros exaltamos el valor de todo aquello que está circunscrito al plano del aquí y ahora.

No estamos caminando hacia el encuentro con Dios en un evento que nos sustrae de este plano y nos traslada al cielo. Estamos caminando para encontrar a Dios aquí.


Agradecer y actuar, ahora mismo.

Más que hablar del עולם הזה Olam hazé (mundo de aquí) y del עולם הבא Olam habá (vida futura), nuestra tradición pareciera marcar una diferencia entre עולם השקר Olam Hasheker y עולם האמת Olam Haemet, el mundo de la mentira y el mundo de la verdad.
 
Y en este sentido, cada persona puede vivir en uno u otro mundo, ahora mismo. Lo importante es que tenga conciencia de aquello. Y todos tenemos que tomar una decisión al respecto.

Recuerdo estas palabras del Diario de Ana Frank (1947), en la que decía que a los judíos: «… sólo nos resta ser fuertes y valerosos, aceptar todos los inconvenientes sin pestañear, conformarnos con lo que podemos tener, confiando en Dios.«

Esto lo escribió mientras escuchaba la radio, esperando alguna buena noticia, esperando que alguien hiciera algo por nosotros. Y en lo personal, me resulta conmovedor pensar que estas palabras podría decirlas hoy mismo un niño Israelí, mientras intenta convivir con el odio y difamación antisemita en las redes sociales. ¿Cuántos comentarios de apoyo a Israel, desde otras latitudes, encontrará mientras navega en su red social favorita?

Y aunque Israel es proactivo en su auto defensa, no es menos cierto que en el panorama actual, uno sentiría un poco más de alivio si tan solo viera al mundo condenar tajantemente y sin reservas, por ejemplo, los ataques y la maldad de Hamás.

Frente a eso no queda más opción que seguir actuando. Si el mundo llega algún día a entender nuestra posición es algo que no depende exclusivamente de nosotros, es algo que nos supera.

Los judíos en Israel viven con esa tensión, sin embargo, en la diáspora no es más fácil. Hace poco, todos agitamos banderas y celebramos la independencia de Israel, buscando una forma de alegrarnos genuinamente, incluso en medio de las enormes dificultades que implica mantener la soberanía, a pesar de todo, a pesar de los costos humanos que implica mantener este sueño hecho realidad. El mundo nos obligó a celebrar entre insultos y acusaciones injustas. ¿Qué más podíamos hacer, sino justamente celebrar?


Reconocer que el sistema en que vivimos no es perfecto, no se debe traducir necesariamente en aversión hacia todo lo que veo y vivo, de hecho, es una oportunidad para actuar.
 
Hay una idea profundamente revolucionaria, porque rompe con viejos paradigmas y se posiciona como un logro muy nuestro, distintivo respecto de otras civilizaciones monoteístas. Me refiero a la idea de que existe una obligación de hacer תיקון עולם tikún olam” (reparación del mundo).
 
En vez de invitarnos a tener en poca consideración nuestra vida actual, para apenas dejarnos embelesar por ideas de paraísos y vidas eternas, nuestras fuentes nos permiten reflexionar en cuánto podemos hacer como generación, cuánto falta por hacer y cómo seguir avanzando. 

En otras palabras, entre el olam hazé y el olam habá, uno debe elegir hacer tikún olam. El punto intermedio entre el conformismo y los sentimientos de inconformidad. La decisión de caminar hacia el futuro, con plena conciencia de las responsabilidades presentes. Incluso si la incertidumbre es nuestra misteriosa e inevitable compañera.
 
El futuro se construye y todos podemos contribuir a ese cometido. Ninguno de nosotros puede asegurar cosa alguna sobre el bienestar y éxito del pueblo judío en las generaciones que nos sucedan. Lo importante es tener determinación, incluso si a veces no nos queda más opción que hablar en condicional.

Hemos superado todas las aflicciones históricas, incluso si no llegamos a comprenderlas del todo. Tal vez, superar es más importante que comprender todas las cosas.

Muchos eventos de nuestra historia han puesto en crisis nuestra fe, nuestra identidad y nuestra auto percepción. Cada uno de estos desafíos históricos nos han permitido hacer una reevaluación de nuestro mensaje trascendental.

Y en este sentido, quisiera agregar a mi comentario una sincera plegaria por cada persona en Israel que ha tenido que enfrentar el terrorismo y la guerra, especialmente desde el 7 de octubre del año pasado. ¡Es un gran desafío!

Y me permito recordarle a todos que la historia sigue su curso y que la indolencia de muchos volverá a ser registrada. ¡Lástima que muchas naciones no aprendan!

Así también, la valentía de quienes defienden a sus hermanos será recordada por siempre. Los esfuerzos de todos los que han trabajado por meses en la misión de asegurar las fronteras, buscar a los secuestrados, poner a salvo a la población civil, etc. Son parte del Tikún Olam.


Una canción maravillosa…

Hay una canción Israelí maravillosa y conmovedora, que se llama: «אין לי ארץ אחרת» Ein li eretz ajeret (No tengo otro país). 

Yo agregaría: Tampoco tengo otra vida.

Deseo de todo corazón que podamos tomar conciencia sobre aquello. Que nuestras decisiones son mucho más importantes que los resultados, que hacer el bien y hacer lo justo por convicción presente, es una actividad que tiene valor por sí misma. Eso, en definitiva, es lo único que realmente está dentro de la esfera de nuestra autodeterminación. 

Y que, como decimos cuando terminamos de leer un libro de la Torá, en este caso el Levítico, teniendo en frente nuestra misión en el mundo, podamos decir juntos: ¡
Jazak, jazak venitjazek! 

Fuerza, fuerza y que seamos fortalecidos.

 
Shabat Shalom.